domingo, 22 de noviembre de 2009

FAUSTO de:Estanislao del Campo

"Fausto" fue compuesta después de haber asistido el autor a una representación de la ópera "Fausto" de Gounod, con la temática de la obra de Goethe, en el Teatro Colón de Buenos Aires, en agosto de 1866, en compañía de familiares y amigos. Allí surgió la idea de escribir la obra a modo festivo, de la visión de la misma por parte de un gaucho. La obra está escrita en lengua gauchesca, con frescura y espontaneidad.


FAUSTO:
(Impresiones del gaucho Anastasio El Pollo)


I

En un overo rosao,
Flete nuevo y parejito,
Caía al bajo, al trotecito,
Y lindamente sentao,
Un paisano del Bragao,
De apelativo Laguna:
Mozo jinetazo ¡ahijuna!,
Como creo que no hay otro,
Capaz de llevar un potro
A sofrenarlo en la luna.

¡Ah criollo! si parecía
Pegao en el animal,
Que aunque era medio bagual,
A la rienda obedecía
De suerte, que se creería
Ser no sólo arrocinao,
Sino tamién del recao
De alguna moza pueblera.
¡Ah Cristo! ¡quién lo tuviera!...
¡Lindo el overo rosao!

Como que era escarciador,
Vivaracho y coscojero,
Le iba sonando al overo
La plata que era un primor;
Pues eran plata el fiador,
Pretal, espuelas, virolas
Y en las cabezadas solas
Traiba el hombre un Potosí:
¡Qué!... Si traía, para mí,
Hasta de plata las bolas.

En fin: -como iba a contar,
Laguna al río llegó,
Contra una tosca se apió
Y empezó a desensillar.
En esto, dentró a orejiar
Y a resollar el overo,
Y jué que vido un sombrero
Que del viento se volaba
De entre una ropa, que estaba
Más allá, contra un apero.

Dió güelta y dijo el paisano:
-¡Vaya "Záfiro"! ¿qué es eso?
Y le acarició el pescuezo
Con la palma de la mano.
Un relincho soberano
Pegó el overo que vía,
A un paisano que salía
Del agua, en un colorao,
Que al mesmo overo rosao
Nada le desmerecía.

Cuando el flete relinchó,
Media güelta dió Laguna,
Y ya pegó el grito: -¡ahijuna!
¿No es el Pollo?
-Pollo, no,
Ese tiempo se pasó.
(Contestó el otro paisano),
Ya soy jaca vieja, hermano,
Con las púas como anzuelo,
Y a quien ya le niega el suelo
Hasta el más remoto grano.

Se apió el Pollo y se pegaron
Tal abrazo con Laguna,
Que sus dos almas en una
Acaso se misturaron.

Cuando se desenredaron,
Después de haber lagrimiao
El overito rosao
Una oreja se rascaba
Visto que la refregaba
En la clin del colorao.

-Velay, tienda el cojinillo
Don Laguna, sientesé
Y un ratito aguardemé
Mientras maneo el potrillo:
Vaya armando un cigarrillo,
Si es que el vicio no ha olvidao,
Ahí tiene contra el recao
Cuchillo, papel y un naco:
Yo siempre pico el tabaco
Por no pitarlo aventao.

-Vaya amigo, le haré gasto...
-¿No quiere maniar su overo?
-Dejeló a mi parejero
Que es como mata de pasto.
Ya una vez, cuando el abasto,
Mi cuñao se desmayó;
A los tres días volvió
Del insulto, y crea amigo,
Peligra lo que le digo:
El flete ni se movió.

- ¡ Bien haiga gaucho embustero!
¿ Sabe que no me esperaba
Que soltase una guayaba
De ese tamaño, aparcero?
Ya colijo que su overo
Está tan bien enseñao,
Que si en vez de desmayao
El otro hubiera estao muerto,
El fin del mundo, por cierto,
Me lo encuentra allí parao.

-Vean como le buscó
La güelta... ¡bien haiga el Pollo!
Siempre larga todo el rollo
De su lazo...
¡Y cómo no!
¿O se ha figurao que yo
Asina nomás las trago?
¡Hágase cargo!...
-Ya me hago...

-Prieste el juego.
-Tómelo.
Y aura le pregunto yo
¿Qué anda haciendo en este pago?
-Hace como una semana
Que he bajao a la ciudá,
Pues tengo necesidá
De ver si cobro una lana,
Pero me andan con mañana
Y no hay plata, y venga luego.
Hoy no más cuasi le pego
En las aspas con la argolla
A un gringo, que aunque es de embrolla
Ya le he maliciao el juego.

-Con el cuento de la guerra
Andan matreros los cobres,
Vamos a morir de pobres
Los paisanos de esta tierra.-
Yo cuasi he ganao la sierra
De puro desesperao...
Yo me encuentro tan cortao
Que a veces se me hace cierto
Que hasta ando jediendo a muerto...

-Pues yo me hallo hasta empeñao.
- ¡Vaya un lamentarse! ¡ahijuna!...
Y eso es de vicio, aparcero:
A usté lo ha hecho su ternero
La vaca de la fortuna.
Y no llore, Don Laguna,
No me lo castigue Dios:
Si no comparemolós
Mis tientos con su chapiao,
Y así en limpio habrá quedao,
El más pobre de los dos.

-¡Vean si es escarbador
Este Pollo! ¡Virgen mía!
Si es pura chafalonía...
-¡Eso sí, siempre pintor!
-Se la gané a un jugador
Que vino a echarla de güeno.
Primero le gané el freno
Con riendas y cabezadas,
Y en otras cuantas jugadas
Perdió el hombre hasta lo ajeno.

¿Y sabe lo que decía
Cuando se vía en la mala?
El que me ha pelao la chala
Debe tener brujería.
A la cuenta se creería
Que el Diablo y yo...
¡Callesé!
¿Amigo, no sabe usté
Que la otra noche lo he visto
Al demonio?
-¡Jesucristo!
-Hace bien, santigüesé,
-¡Pues no me he de santiguar!

Con esas cosas no juego;
Pero no importa, le ruego
Que me dentre a relatar
El cómo llegó a topar
Con el malo. ¡Virgen santa!
Sólo el pensarlo me espanta...
-Güeno, le voy a contar
Pero antes voy a buscar
Con qué mojar la garganta.

El Pollo se levantó
Y se jué en su colorao,
Y en el overo rosao
Laguna al agua dentró.
Todo el baño que le dió
Jué dentrada por salida
Y a la tosca consabida
Don Laguna se volvió
Ande a Don Pollo lo halló
Con un frasco de bebida.

-Larguesé al suelo, cuñao
Y vaya haciéndose cargo,
Que puede ser más que largo
El cuento que le he ofertao.
Desmanée el colorao,
Desate su maniador,
Y en ancas, haga el favor
De acollararlos...
-Al grito:
¿Es manso el coloradito?
-¡Ese es un trebo de olor!

-Ya están acollaraditos...
-Dele un beso a esa giñebra:
Yo le hice sonar de una hebra
Lo menos diez golgoritos...
-Pero esos son muy poquitos
Para un criollo como usté,
Capaz de prenderselé
A una pipa de lejía...
-Hubo un tiempo en que solía...
-Vaya, amigo, larguesé.



II

-Como a eso de la oración
Aura cuatro o cinco noches,
Vide una fila de coches
Contra el tiatro de Colón.

La gente en el corredor,
como hacienda amontonada,
Pujaba desesperada
Por llegar al mostrador.

Allí a juerza de sudar,
Y a punta de hombro y de codo,
Hice, amigaso, de modo
Que al fin me pude arrimar.
Cuando compré mi dentrada
Y di güelta... ¡Cristo mío!
Estaba pior el gentío
Que una mar alborotada.

Era a causa de una vieja
Que le había dao el mal...
-Y si es chico ese corral,
¿ A qué encierran tanta oveja?
-Ahí verá: -por fin, cuñao,
A juerza de arrempujón,
Salí como mancarrón
Que lo sueltan trasijao.

Mis botas nuevas quedaron
Lo propio que picadillo,
Y el fleco del calzoncillo
Hilo a hilo me sacaron.

Y para colmo, cuñao
De toda esta desventura,
El puñal, de la cintura,
Me lo habían refalao.

-Algún gringo como luz
Para la uña, ha de haber sido.
-¡Y no haberlo yo sentido!
En fin, ya le hice la cruz.

Medio cansao y tristón
Por la pérdida, dentré
Y una escalera trepé
Con ciento y un escalón.

Llegué a un alto finalmente,
Ande va la paisanada,
Que era la última camada
En la estiba de la gente.

Ni bien me había sentao,
Rompió de golpe la banda,
Que detrás de una baranda
La habían acomodao.

Y ya tamién se corrió
Un lienzo grande, de modo
Que a dentrar con flete y todo
Me aventa, creameló.

Atrás de aquel cortinao
Un Dotor apareció,
Que asigún oí decir yo,
Era un tal Fausto mentao.

-¿Dotor dice? Coronel
De la otra banda, amigaso;
Lo conozco a ese criollaso
Porque he servido con él.

-Yo tamién lo conocí
Pero el pobre ya murió.
¡Bastantes veces montó
Un zaino que yo le di!

Dejeló al que está en el cielo
Que es otro Fausto el que digo,
Pues bien puede haber, amigo,
Dos burros del mesmo pelo.

-No he visto gaucho más quiebra,
Para retrucar ¡ahijuna!...
Dejemé hacer, Don Laguna,
Dos gárgaras de giñebra.

Pues como le iba diciendo,
El Dotor apareció,
Y en público se quejó
De que andaba padeciendo.

Dijo que nada podía
Con la cencia que estudió,
Que él a una rubia quería,
Pero que a él la rubia no.

Que al ñudo la pastoriaba
Dende el nacer de la aurora,
Pues de noche y a toda hora
Siempre tras de ella lloraba.
Que de mañana a ordeñar
Salía muy currutaca,
Que él le maniaba la vaca,
Pero pare de contar.

Que cansado de sufrir,
Y cansado de llorar,
Al fin se iba a envenenar
Porque eso no era vivir.

El hombre allí renegó,
Tiró contra el suelo el gorro,
Y, por fin, en su socorro
Al mesmo Diablo llamó.

¡Nunca lo hubiera llamao!
¡Viera sustaso, por Cristo!
¡Ahí mesmo jediendo a misto,
Se apareció el condenao

Hace bien: persinesé
Que lo mesmito hice yo.
-¿Y cómo no disparó?
-Yo mesmo no sé porqué.

¡Viera al Diablo! Uñas de gato,
Flacón, un sable largote,
Gorro con pluma, capote
Y una barba de chivato.

Medias hasta la berija,
Con cada ojo como un charco,
Y cada ceja era un arco
Para correr la sortija.

"Aquí estoy a su mandao,
Cuente con un servidor",
Le dijo el Diablo al Dotor,
Que estaba medio asonsao.

"Mi Dotor, no se me asuste
Que yo lo vengo a servir.
Pida lo que ha de pedir
Y ordenemé lo que guste".

El Dotor, medio asustao,
Le contestó que se juese...
-Hizo bien: ¿ no le parece?
-Dejuramente, cuñao.

Pero el Diablo comenzó
A alegar gastos de viaje
Y a medio darle coraje
Hasta que lo engatusó.

-¿No era un Dotor muy projundo?
¿Cómo se dejó engañar?
-Mandinga es capaz de dar
Diez güetas a medio mundo.

El Diablo volvió a decir:
"Mi dotor, no se me asuste,
Ordenemé en lo que guste,
Pida lo que ha de pedir.

Si quiere plata, tendrá:
Mi bolsa siempre está llena,
Y más rico que Anchorena,
Con decir quiero, será.

No es por la plata que lloro,
Don Fausto le contestó:
Otra cosa quiero yo
Mil veces mejor que el oro.

"Yo todo lo puedo dar,
Retrucó el Ray del Infierno,
Diga: -¿quiere ser Gobierno?
Pues no tiene más que hablar".

-No quiero plata ni mando,
Dijo Don Fausto, yo quiero
El corazón todo entero
De quien me tiene penando.

No bien esto el Diablo oyó,
Soltó una risa tan fiera,
Que toda la noche entera
En mis orejas sonó.

Dio en el suelo una patada,
Una paré se partió,
Y el Dotor, fulo, miró
A su prenda idolatrada.

-¡Canejo!... ¿será verdá?
¿Sabe que se me hace cuento?
-No crea que yo le miento:
Lo ha visto media ciudá.

¡Ah, Don Laguna! ¡si viera
Qué rubia!... Creameló:
Creí que estaba viendo yo
Alguna virgen de cera.

Vestido azul, medio alzao,
Se apareció la muchacha:
Pelo de oro, como hilacha
De choclo recién cortao.

Blanca como una cuajada,
Y celeste la pollera,
Don Laguna, si aquello era
Mirar a la Inmaculada.

Era cada ojo un lucero,
Sus dientes, perlas del mar,
Y un clavel al reventar
Era su boca, aparcero.

Ya enderezó como loco
El Dotor cuando la vió,
Pero el Diablo lo atajó
Diciendolé: -"Poco a poco:

Si quiere, hagamos un pato;
Usté su alma me ha de dar
Y en todo lo he de ayudar.
¿Le parece bien el trato?"

Como el Dotor consintió,
El Diablo sacó un papel
Y lo hizo firmar en él
Cuanto la gana le dió.

-¡Dotor, y hacer ese trato!
-¿Qué quiere hacerle, cuñao
Si se topó ese abogao
Con la horma de su zapato?

Ha de saber que el Dotor
Era dentrao en edá,
Asma es que estaba ya
Bichoco para el amor.

Por eso, al dir a entregar
La contrata consabida,
Dijo:-"¿Habrá alguna bebida
Que me pueda remozar?"

Yo no sé qué brujería,
Misto, mágica o polvito
Le echó el Diablo y... ¡ Dios bendito!
¡Quién demonios lo creería!

Por eso, al dir a entregar
La contrata consabida,
Dijo:-"¿Habrá alguna bebida
Que me pueda remozar?"

Yo no sé qué brujería,
Misto, mágica o polvito
Le echó el Diablo y... ¡ Dios bendito!
¡Quién demonios lo creería!

-¿Qué dice?... ¡barbaridá!...
¡Cristo padre!... ¿Será cierto?
-Mire: que me caiga muerto
Si no es la pura verdá.

El Diablo entonces mandó
A la rubia que se juese
Y que la paré se uniese,
Y la cortina cayó.

A juerza de tanto hablar
Se me ha secao el garguero:
Pase el frasco, compañero.
-¡Pues no se lo he de pasar!



III

-Vea los pingos...
-¡Ah, hijitos!
Son dos fletes soberanos.
-¡Como si jueran hermanos
Bebiendo la agua juntitos!

¿Sabe que es linda la mar?
-¡La viera de mañanita
Cuando a gatas la puntita
Del sol comienza a asomar!

Usté ve venir a esa hora,
Roncando la marejada,
Y ve la espuma encrespada
Los colores de la aurora.

A veces con viento en la anca,
Y con la vela al solsito,
Se ve cruzar un barquito
Como una paloma blanca.

Otras, usté ve, patente,
Venir boyando un islote,
Y es que trai a un camalote
Cabrestiando la corriente.

Y con un campo quebrao,
Bien se puede comparar,
Cuando el lomo empieza a hinchar
El río medio alterao.

Las olas chicas, cansadas,
A la playa a gatas vienen,
Y allí en lamber se entretienen

Las arenitas labradas.
Es lindo ver en los ratos
En que la mar ha bajao,
Cair volando al desplayao
Gaviotas, garzas y patos.

Y en las toscas, es divino,
Mirar las olas quebrarse,
Como al fin viene a estrellarse
El hombre con su destino.

Y no sé qué da el mirar
Cuando barrosa y bramando,
Sierras de agua viene alzando
Embravecida la mar.

Parece que el Dios del cielo
Se amostrase retobao,
Al mirar tanto pecao
Como se ve en este suelo.

Y es cosa de bendecir,
Cuando el Señor la serena,
Sobre ancha cama de arena
Obligándola a dormir.

Y es muy lindo ver nadando
A flor de agua algún pescao:
Van, como plata, cuñao,
Las escamas relumbrando.

-¡Ah, Pollo! Ya comenzó
A meniar taba: ¿y el caso?
-Dice muy bien amigazo:
Seguiré contandoló.

El lienzo otra vez alzaron
Y apareció un bodegón,
Ande se armó una runión
En que algunos se mamaron.

Un don Valentín, velay,
Se hallaba allí en la ocasión,
Capitán muy guapetón
Que iba a dir al Paraguay.

Era hermano, el ya nombrao,
De la rubia y conversaba
Con otro mozo que andaba
Viendo de hacerlo cuñao.

Don Silverio o cosa así,
Se llamaba este individuo,
Que me pareció medio ido
O sonso cuanto lo vi.

Don Valentín le pedía
Que a la rubia la sirviera
En su ausencia...
-¡Pues, sonsera!
¡El otro qué más quería!

-El Capitán con su vaso,
A los presentes brindó,
Y en esto se apareció
De nuevo el Diablo, amigaso.

Dijo que si lo almitían
Tamién echaría un trago,
Que era por no ser del pago

Que allí no lo conocían.
Dentrando en conversación
Dijo el Diablo que era brujo:
Pidió un ajenjo, y lo trujo
El mozo del bodegón.

No tomo bebida sola,
Dijo el Diablo; se subió
A un banco y vi que le echó
Agua de una cuarterola.

Como un tiro de jusil
Entre la copa sonó,
Y a echar llamas comenzó
Como si juera un candil.

Todo el mundo reculó.
Pero el Diablo sin turbarse
Les dijo: -No hay que asustarse,
Y la copa se empinó.

-¡Qué buche! ¡Dios soberano!
-Por no parecer morao
El capitán jué, cuñao,
Y le dio al Diablo la mano.

Satanás le registró
Los dedos con grande afán
Y le dijo: -Capitán,
Pronto muere, crealó.

El Capitán, retobao,
Peló la lata, y Luzbel
No quiso ser menos que él
Y peló un amojosao.

Antes de cruzar su acero,
El Diablo el suelo rayó:
¡Viera el juego que salió!
-¡Qué sable para yesquero!

-¿Qué dice? ¡Había de oler
El jedor que iba largando
Mientras estaba chispiando
El sable de Lucifer!

No bien a tocarse van
Las hojas, creameló,
La mitá al suelo cayó,
Del sable del Capitán.

"¡Este es el Diablo en figura
De hombre!", el Capitán gritó
Y al grito le presentó
La cruz de la empuñadura.

¡Viera al Diablo retorcerse
Como culebra, aparcero!
-¡Oiganlé!...
-Mordió el acero
Y comenzó a estremecerse.

Los otros se aprovecharon
Y se apretaron el gorro:
Sin duda a pedir socorro
O a dar parte dispararon.

En esto don Fausto entró
Y conforme al Diablo vido,
Le dijo: -¿Qué ha sucedido?
Pero él se desentendió.

El Dotor volvió a clamar
Por su rubia, y Lucifer,
Valido de su poder,
Se la volvió a presentar.

Pues que golpeando en el suelo.
En un baile apareció
Y don Fausto le pidió
Que lo acompañase a un cielo.

No hubo forma que bailara:
La rubia se encaprichó;
De balde el Dotor clamó
Por que no lo desairara.

Cansao ya de redetirse
Le contó al Demonio el caso;
Pero él le dijo: "Amigaso,
No tiene porqué afligirse:

Si en el beile no ha alcanzao
El poderla arrocinar,
Deje, le hemos de buscar
La güelta por otro lao.

Y mañana, a más tardar,
Gozará de sus amores.
Que otras mil veces mejores
Las he visto cabrestiar."

¡Balsa general! gritó
El bastonero mamao;
Pero en esto el cortinao
Por segundo vez cayó.

Armemos un cigarrillo
Si le parece...
-¡Pues no!
-Tome el naco, piqueló,
Usté tiene mi cuchillo.

IV

Ya se me quiere cansar
El flete de mi relato...
-Priendalé guasca otro rato:
Recién comienza a sudar.

-No se apure: aguardesé:
¿Cómo anda el frasco?...
-Tuavía
Hay con que hacer medio día:
Ahí lo tiene, prendalé.

-¿Sabe que este giñebrón
No es para beberlo solo?
Si alvierto, traigo un chicholo
O un cacho de salchichón.

-Vaya, no le ande aflojando,
Dele trago y domeló,
Que a reiz de las carnes yo
Me lo estoy acomodando.

-¿Qué tuavía no ha almorzao?
-Ando en ayunas, don Pollo:
Porque, ¿a qué contar un bollo
Y un cimarrón aguachao?

Tenía hecha la intención
De ir a la fonda de un gringo
Después de bañar el pingo.
-Pues vámonos del tirón.

-Aunque ando medio delgao
Don Pollo, no le permito
Que me merme ni un chiquito
Del cuento que ha comenzao.

-Pues entonces allá va:
Otra vez el lienzo alzaron
Y hasta mis ojos dudaron
Lo que vi... ¡barbaridá!

¡Qué quinta! ¡Virgen bendita!
¡Viera, amigaso, el jardín!
Allí se vía el jazmín,
El clavel, la margarita,

El toronjil, la retama,
Y hasta estuatas, compañero,
Al lao de ésa, era un chiquero
La quinta de don Lezama.

Entre tanta maravilla
Que allí había y medio a un lao
Habían edificao
Una preciosa casilla.

Allí la rubia vivía
Entre las flores como ella,
Allí brillaba esa estrella
Que el pobre Dotor seguía.

Y digo pobre Dotor,
Porque pienso, Don Laguna,
Que no hay desgracia ninguna
Como un desdichao amor.

-Puede ser; pero, amigaso,
Yo en las cuartas no me enriedo,
Y en un lance en que no puedo,
Hago de mi alma un cedaso.

Por hembras yo no me pierdo:
La que me empaca su amor
Pasa por el cernidor
Y... si te vi, no me acuerdo.

Lo demás, es calentarse
El mate al divino ñudo...
-¡Feliz quien tenga ese escudo
Con qué poder rejuardarse!

Pero usté habla, don Laguna,
Como un hombre que ha vivido
Sin haber nunca querido
Con alma y vida a ninguna.

Cuando un verdadero amor
Se estrella en un alma ingrata,
Más vale el fierro que mata,
Que el fuego devorador,

Siempre ese amor lo persigue
Adonde quiera que va:
Es una fatalidá
Que a todas partes lo sigue.

Si usté en su rancho se queda,
O si sale para un viage,
Es de balde: no hay parage
Ande olvidarla usté pueda.

Cuando duerme todo el mundo,
Usté, sobre su recao,
Se da güelta, desvelao,
Pensando en su amor projundo.

Y si el viento hace sonar
Su pobre techo de paja,
Cree usté que es ella que baja
Sus lágrimas a secar.

Y si en alguna lomada
Tiene que dormir al raso,
Pensando en ella, amigaso,
Lo hallará la madrugada.

Allí acostao sobre abrojos,
Y entre cardos, Don Laguna,
Verá su cara en la luna,
Y en las estrellas sus ojos.

¿Qué habrá que no le recuerde
Al bien de su alma querido,
Si hasta cree ver su vestido
En la nube que se pierde?

Asina sufre en la ausiencia
Quien sin ser querido quiere:
Aura verá cómo muere
De su prenda en la presencia.

Si en frente de esa deidad
En alguna parte se halla,
Es otra nueva batalla
Que el pobre corazón da.

Si con la luz de sus ojos
Le alumbra la triste frente,
Usté, Don Laguna, siente
El corazón entre abrojos.

Su sangre comienza alzarse
A la cabeza en tropel,
Y cree que quiere esa cruel
En su amargura gozarse.

Y si la ingrata le niega
Esa ligera mirada,
Queda su alma abandonada
Entre el dolor que la aniega.

Y usté, firme en su pasión...
Y van los tiempos pasando.
Un hondo surco dejando
En su infeliz corazón.

-Güeno, amigo, así será,
Pero me ha sentao el cuento.
-¡Qué quiere! Es un sentimiento...
Tiene razón, allá va:

Pues, señor, con gran misterio,
Traindo en la mano una cinta,
Se apareció entre la quinta
El sonso de don Silverio.

Sin duda alguna saltó
Las dos zanjas de la güerta,
Pues esa noche su puerta
La mesma rubia cerró.

Rastriándolo se vinieron
El Demonio y el Doctor
Y tras dos árbol mayor
A aguaitarlo se escondieron.

Con las flores de la güerta
Y la cinta, un ramo armó
Don Silverio, y lo dejó
Sobre el umbral de la puerta.

-¡Que no cairle una centella!
-¿A quién? ¿Al sonso?
-¡Pues digo!...
¡Venir a osequiarla, amigo,
Con las mesmas flores de ella.

-Ni bien acomodó el guacho
Ya rumbió...
-¡Miren qué hazaña!
Eso es ser más que lagaña
Y hasta da rabia, caracho!

-El Diablo entonces salió
Con el Dotor y le dijo
"Esta vez priende de fijo
La vacuna, crealó.

Y el capote haciendo a un lao,
desenvainó allí un baulito
Y jué y lo puso juntito
Al ramo del abombao.

-No me hable de ese mulita:
¡Que apunte para una banca!
¿ A que era mágica blanca
Lo que trujo en la cajita?

-Era algo más eficaz
Para las hembras, cuñao,
Verá si las ha calao
De lo lindo Satanás.

Tras del árbol se escondieron
Ni bien cargaron la mina,
Y más que nunca, divina,
Venir a la rubia vieron.

La pobre, sin alvertir,
En un banco se sentó,
Y un par de medias sacó
Y las comenzó a surcir.

Cinco minutos, por junto,
En las medias trabajó,
Por lo que carculo yo
Que tendrían solo un punto.

Dentró a espulgar a un rosal,
Por la hormiga consumido.
Y entonces jué cuando vido
Caja y ramo en el umbral.

Al ramo no le hizo caso,
Enderezó a la cajita,
Y sacó... ¡Virgen bendita!
¡ Viera qué cosa, amigaso!

¡Qué anillo, que prendedor!
¡Qué rosetas soberanas!
¡Qué collar! ¡Qué carabanas!
-¡Vea el Diablo tentador!

-¿No le dije, don Laguna?
La rubia allí se colgó
Las prendas, y aparecio
Más platiada que la luna.

En la caja, Lucifer
Había puesto un espejo...
-¿Sabe que el Diablo, canejo,
La conoce a la mujer?

-Cuando la rubia gastaba
Tanto mirarse la luna,
Se apareció, don Laguna,
La vieja que la cuidaba.

¡Viera la cara, cuñao,
De la vieja al ver brillar
Como reliquias de altar
Las prendas del condenao!

"¡Diaónde este lujo sacás!"
La vieja, fula, decía,
Cuando gritó: -"¡Avemaría!"
En la puerta, Satanás.

-"¡Sin pecao! ¡Dentre, señor!"
-"¿No hay perros?" - "¡Ya los
[ataron!"
Y ya también se colaron
El Demonio y el Dotor.

El Diablo allí comenzó
A enamorar a la vieja
Y el dotorcito a la oreja
De la rubia se pegó.

-¡Vea al Diablo haciendo gancho!
-El caso jué que logró
Reducirla y la llevó
A que le amostrase un chancho.

-¿Por supuesto, el Dotorcito
Se quedó allí mano a mano?
-Dejuro, ya verá, hermano,
La liendre que era el mocito.

Corcobió la rubiecita
Pero al fin se sosegó,
Cuando el Dotor le contó
Que él era el de la cajita.

Asigún lo que presumo,
La rubia aflojaba laso,
Porque el Dotor, amigaso,
Se le quería ir al humo.

La rubia lo malició
Y por entre las macetas
Le hizo unas cuantas gambetas
Y la casilla ganó.

El Diablo tras de un rosal,
Sin la vieja apareció..
-¡A la cuenta la largó
Jediendo entre algún maizal!

-La rubia, en vez de acostarse
Se lo pasó en la ventana,
Y allí aguardó la mañana
Sin pensar en desnudarse.

Ya la luna se escondía
Y el lucero se apagaba,
Y ya también comenzaba
A venir clariando el día.

¿No ha visto usté de un yesquero
Loca una chispa salir,
Como dos varas seguir
Y de ahí perderse, aparcero?

Pues de ese modo cuñao,
Caminaban las estrellas
A morir, sin quedar de ellas
Ni un triste rastro borrao.

De los campos el aliento
Como sahumerio venía,
Y alegre ya se ponía
El ganao en movimiento.

En los verdes arbolitos,
Gotas de cristal brillaban,
Y al suelo se descolgaban
Cantando los pajaritos

Y era, amigaso, un contento
Ver los junquillos doblarse
Y los claveles cimbrarse
Al soplo del manso viento.

Y al tiempo de reventar
El botón de alguna rosa,
Venir una mariposa
Y comenzarlo a chupar.

Y si se pudiera al cielo
Con un pingo comparar.
Tamién podría afirmar
Que estaba mudando pelo.

-¡No sea bárbaro canejo!
¡Qué comparancia tan fiera!
-No hay tal: pues de zaino que era
Se iba poniendo azulejo.

¿Cuando ha dao un madrugón
No ha visto usté, embelesao,
Ponerse blanco-azulao
El más negro ñubarrón?

-Dice bien, pero su caso
Se ha hecho medio empacador...
-Aura viene lo mejor,
Pare la oreja, amigaso.

El Diablo dentró a retar
Al Dotor, y entre el responso,
Le dijo: "¿Sabe que es sonso?
¿Pa qué la dejó escapar?"

"Ahí la tiene en la ventana:
Por suerte no tiene reja,
Y antes que venga la vieja
Aproveche la mañana".

Don Fausto ya atropelló
Diciendo -"¡Basta de ardiles!"
La cazó de los cuadriles
Y ella... ¡también lo abrazó!

-¡Oiganlé a la dura!
-En esto
Bajaron el cortinao:
Alcance el frasco, cuñao.
-A gatas le queda un resto.

V

-Al rato el lienzo subió
Y deshecha y lagrimiando,
Contra una máquina hilando,
La rubia se apareció.

La pobre dentró a
Tan amargamente allí,
Que yo a mis ojos sentí
Dos lágrimas asomarse

- ¡ Qué vergüenza!
-Puede ser:
Pero, amigaso, confiese
Que a usté tamién lo enternece
El llanto de una mujer.

Cuando a usté un hombre lo ofiende,
Ya sin mirar para atrás,
Pela el flamenco y ¡sas! ¡tras!
Dos puñaladas le priende.

Y cuando la autoridá
La partida le ha soltao,
Usté en su overo rosao
Bebiendo los vientos va.

Naides de usté se despega
Porque se haiga desgraciao,
Y es muy bien agasajao
En cualquier rancho a que llega.

Si es hombre trabajador
Ande quiera gana el pan:
Para eso con usté van
Bolas, lazo y maniador.

Pasa el tiempo, vuelve al pago
Y cuanto más larga ha sido
Su ausencia, usté es recebido
Con más gusto y más halago.
Engaña usté a una infeliz,
Y para mayor vergüenza,
Va y le cerdea la trenza,
Antes de hacerse perdiz.

La ata, si le da la gana
En la cola de su overo
Y le amuestra al mundo entero
La trenza de ña Julana.

Si ella tuviese un hermano,
Y en su rancho miserable
Hubiera colgao un sable,
Juera otra cosa, paisano.

Pero sola y despreciada
En el mundo, ¿ qué ha de hacer?
¿A quién la cara volver?
¿Ande llevar la pisada?

Soltar al aire su queja
Será su solo consuelo,
Y empapar con llanto el pelo
Del hijo que usté le deja.
Pues ese dolor projundo
A la rubia la secaba
Y por eso se quejaba
Delante de todo el mundo.

Aura, confiese, cuñao,
Que el corazón más calludo
Y el gaucho más entrañudo
Allí habría lagrimiao.
¿Sabe que me ha sucedido
De lo lindo el corazón?
Vea, si no, el lagrimón
Que al oirlo se me ha salido!
-¡Oirganlé!

-Me ha redotao.
¡No guarde rencor, amigo!
-Si es en broma que le digo...
-Siga su cuento, cuñao.

-La rubia se arrebozó
Con un pañuelo ceniza,
Diciendo que se iba a misa
Y puerta ajuera salió.

Y crea usté lo que guste
Porque es cosa de dudar...
¡Quién había de esperar
Tan grande desbarajuste!

Todo el mundo estaba ageno
De lo que allí iba a pasar,
Cuando el Diablo hizo sonar
Como un pito de sereno.

Una iglesia apareció
En menos que canta un gallo.
-¡Vea si dentra a caballo!
-¡Me larga, creameló!

Creo que estaban alzando
En una misa cantada,
Cuando aquella desgraciada
Llegó a la puerta llorando.

Allí la pobre cayó
De rodillas sobre el suelo,
Alzó los ojos al cielo
Y cuatro credos rezó.

Nunca he sentido más pena
Que al mirar a esa mujer:
Amigo: aquello era ver
A la mesma Magalena.

De aquella rubia rosada
Ni rastro había quedao:
Era un clavel marchitao,
Una rosa deshojada.

Su frente que antes brilló
Tranquila como la luna,
Era un cristal, don Laguna,
Que la desgracia enturbió.

Ya de sus ojos hundidos
Las lágrimas se secaban
Y entre-temblando rezaban
Sus labios descoloridos.

Pero el Diablo la uña afila,
Cuando está desocupao,
Y allí estaba el condenao
A una vara de la pila.
La rubia quiso dentrar,
Pero el Diablo la atajó,
Y tales cosas le habló
Que la obligó a disparar.

Cuasi le da el acidente
Cuando a su casa llegaba:
La suerte que le quedaba
En la vedera de enfrente.

Al rato el Diablo dentró
Con don Fausto muy del brazo
Y una guitarra, amigaso,
Ahí mesmo desenvainó.

-¿Qué me dice, amigo Pollo?
-Como lo oye, compañero;
El Diablo es tan guitarrero
Como el paisano más criollo.

El sol ya se iba poniendo,
La claridá se ahuyentaba
Y la noche se acercaba
Su negro poncho tendiendo.

Ya las estrellas brillantes
Una por una salían,
Y los montes parecían
Batallones de gigantes.

Ya las ovejas balaban
En el corral prisioneras,
Y ya las aves caseras
Sobre el alero ganaban.

El toque de la oración
triste los aires rompía
Y entre sombras se movia
El crespo sauce llorón.

Ya sobre el agua estancada
De silenciosa laguna,
Al asomarse, la luna,
Se miraba retratada.

Y haciendo un estraño ruido
En las hojas trompezaban
Los pájaros que volaban
A guarecerse en su nido.
Ya del sereno brillando
La hoja de la higuera estaba,
Y la lechuza pasaba
De trecho en trecho chillando.

La pobre rubia, sin duda,
En llanto se deshacía,
Y rezando a Dios pedía
Que le emprestase su ayuda.

Yo presumo que el Dotor,
Hostigao por Satanás,
Quería otras hojas más
De la desdichada flor.

A la ventana se arrima
Y le dice el condenao:
"Dele no más sin cuidao
Aunque reviente la prima".

El diablo a gatas tocó
Las clavijas, y al momento,
Como un arpa, el istrumento
De tan bien templao sonó.

-Tal vez lo traiba templao
Por echarla de baquiano...
-Todo puede ser, hermano,
Pero ¡oyese al condenao!

Al principio se florió
Con un lindo bordoneo
Y en ancas de aquel floreo
Una décima cantó.

No bien llegaba al final
De su canto, el condenao,
Cuando el Capitán, armao
Se apareció en el umbral.

-Pues yo en campaña lo hacía...
-Daba la casualidá
Que llegaba a la ciudá
En comisión, ese día.
-Por supuesto, hubo fandango...
-La lata ahí no más peló
Y al infierno le aventó
De un cintarazo el changango.

-¡Lindo el mozo!
-¡Pobrecito!
-¿Lo mataron?
-Ya verá:
Peló un corbo el Dotorcito
Y el Diablo... ¡barbaridá!

Desenvainó una espadita
Como un viento; lo embasó
Y allí no más ya cayó
El pobre...
-¡Anima bendita!

-A la trifulca y al ruido
En montón la gente vino...
-¿Y el Dotor y el asesino?
-Se habían escabullido.

La rubia tamién bajó
Y viera aflición, paisano,
Cuando el cuerpo de su hermano
Bañao en sangre miró.

A gatas medio alcanzaron
A darse una despedida,
Porque en el cielo, sin vida,
Sus dos ojos se clavaron.

Bajaron el cortinao,
De lo que yo me alegré:
-Tome el frasco, prendalé.
-Sírvase no más, cuñao.

VI

-¡Pobre rubia! Vea usté
Cuánto ha venido a sufrir:
Se le podía decir:
¡Quién te vido y quién te ve!

-Ansí es el mundo, amigaso:
Nada dura, don Laguna,
Hoy nos ríe la fortuna.
Mañana nos da un guascaso.

Las hembras en mi opinión
Train un destino más fiero
Y si quiere, compañero,
Le haré una comparación.

Nace una flor en el suelo,
Una delicia es cada hoja,
Y hasta el rocío la moja
Como un bautismo del cielo.

Allí está ufana la flor,
Linda, fresca y olorosa:
A ella va la mariposa,
A ella vuela el picaflor.

Hasta el viento pasajero
Se prenda al verla tan bella,
Y no pasa por sobre ella
Sin darle un beso prinicro.

¡Lástima causa esa flor
Al verla tan consentida!
Cree que es tan larga su vida
Como fragante su olor.

Nunca vio el rayo que raja
A la renegrida nube,
Ni ve al gusano que sube,
Ni al fuego del sol que baja.

Ningún temor en el seno
De la pobrecita cabe,
Pues que se hamaca, no sabe,
Entre el fuego y el veneno.

Sus tiernas hojas despliega
Sin la menor desconfianza,
Y el gusano ya la alcanza...
Y el sol de las doce llega...

Se va el sol abrasador,
Pasa a otra planta el gusano
Y la tarde encuentra, hermano,
El cadáver de la flor.

Piense en la rubia, cuñao,
Cuando entre flores vivía
Y diga si presumía
Destino tan desgraciao.

Usté que es alcanzador
Afijesé en su memoria
Y diga: ¿es igual la historia
De la rubia y de la flor?

-Se me hace tan parecida
Que ya más no puede ser.
-Y hay más: le falta que ver
A la rubia en la crujida

-¿Qué me cuenta? ¡Desdichada!
-Por última vez se alzó
El lienzo y aparecio
En la cárcel encerrada.

-¿Sabe que yo no colijo
El por qué de la prisión?
-Tanto penar, la razón
Se le jué y mató al hijo.
Ya la habían sentenciao
A muerte, a la pobrecita,
Y en una negra camita
Dormía un sueño alterao.

Y a redoblaba el tambor,
Y el cuadro ajuera formaban
Cuando al calabozo entraban
El Demonio y el Dotor.

-¡Veanló al Diablo si larga
Sus presas así no más!
¿A qué anduvo Satanás
Hasta oír sonar la descarga?


-Esta vez se le chingó
El cuete y ya lo verá..
-Priendalé al cuento, que ya
No lo vuelvo a atajar yo.
-Al dentrar hicieron ruido
Creo que con los cerrojos:
Abrió la rubia los ojos
Y allí contra ella los vido.

La infeliz ya trastornada
A causa de tanta herida,
Se encontraba en la crujida
Sin darse cuenta de nada.

Al ver venir al Dotor
Ya comenzó a disvariar,
Y hasta le quiso cantar
Unas décimas de amor.

La pobrecita soñaba
Con sus antiguos amores,
Y creía mirar sus flores
En los fierros que miraba.
Ella creía que como antes,
Al dir a regar su güerta,
Se encontraría en la puerta
Una caja con diamantes.

Sin ver que en su situación
La caja que la esperaba,
Era la que redoblaba
Antes de la ejecución.

Redepente se afijó
En la cara de Luzbel:
Sin duda al malo vio en é1,
Porque allí muerta cayó.

Don Fausto al ver tal desgracia
De rodillas cayó al suelo,
Y dentró a pedir al cielo
La recibiese en su gracia.

Allí el hombre arrepentido
De tanto mal que había hecho,
Se daba golpes de pecho
Y lagrimeaba aflijido.

En dos pedazos se abrió
La paré de la crujida
Y no es cosa de esta vida
Lo que allí se apareció.

Y no crea que es historia:
Yo vi entre una nubecita,
La alma de la rubiecita
Que se subía a la gloria.

San Miguel en la ocasión
Vino entre nubes bajando
Con su escudo, y revoliando
Un sable tirabuzón.

Pero el Diablo que miró
El sable aquel y el escudo,
Lo mesmito que un peludo
Bajo la tierra ganó.

Cayó el lienzo finalmente
Y ahí tiene el cuento contao...
Prieste el pañuelo, cuñao:
Me está sudando la frente.

-Lo que almiro es su firmeza
Al ver esas brujerías.
-He andao cuatro o cinco días
Atacao de la cabeza.

-Ya es güeno dir ensillando...
-Tome ese último traguito
Y eche el frasco a ese pocito
Para que quede boyando.

Cuando los dos acabaron
De ensillar sus parejeros,
Como güenos compañeros,
Juntos al trote agarraron:

En una fonda se apiaron
Y pidieron de cenar:
Cuando ya iban a acabar,
Don Laguna sacó un rollo
Diciendo: -"El gasto del Pollo
De aquí se lo han de cobrar".

El doctor Fausto

El Dr. Juan (o Jorge) Fausto, fue una persona de existencia real que vivió en Alemania entre fines del siglo XV y mediados del XVI. Los coetáneos que lo conocieron lo calificaban de hechicero, mago, alquimista, en resumen, un ser endemoniado que se decía capaz de hacer milagros como Cristo y que tenía un pacto con el diablo.

Sus historias tomaron magnitud de leyenda cuando murió en 1540 —en plena efervescencia de la reforma luterana— y comenzaron a circular varias historias sobre este embaucador hasta que en 1587 las recopiló Jonathan Spies y las publicó. En poco tiempo le siguió “La Trágica historia del Dr. Fausto” del célebre inglés Christopher Marlowe. A partir de entonces fue motivación para varios autores entre ellos Johann Wolfgang von Goethe (1749+1832)

En el siguiente ensayo publicado en la revista Ñ el escritor Alberto Manguel habla sobre el impacto de este personaje europeo en la literatura.



El doctor Fausto--ENSAYO BREVE.

La historia del doctor Fausto apareció impresa por primera vez en Alemania en 1587. Alberto Manguel recuerda aquí varias de las innumerables versiones que le siguieron y concluye que, en literatura, también hay quienes le venden el alma al diablo.

ALBERTO MANGUEL. . ESCRITOR Y ENSAYISTA ARGENTINO


El doctor Fausto es viejo; el doctor Fausto es nostalgioso. Lo último es privilegio de lo primero: los anhelos de la juventud son del mañana, nunca del ayer. Porque lo que busca el doctor es lo que ha perdido, o cree haber perdido, en su juventud lejana, tal como lo imaginara Christopher Marlowe en 1604 y Goethe casi dos siglos después. Fausto quiere acceder a la posibilidad del conocimiento y a la posibilidad del amor, a aquello que su asistente Wagner llama "iluminación" y a lo que Fausto se aferra: "¡Bello instante, no te esfumes!", clama con palabras que le presta Goethe. Para tal iluminación, la ciencia humana le parece poca y busca ayuda en la magia. Entonces aparece, como es fama, Mefistófeles.
Mefistófeles (en la versión de Goethe) se define como un fracasado: alguien que desea hacer el mal y que, a su pesar, hace el bien. Quiere ser absolutamente malvado pero algo se interpone, y sus endemoniadas argucias y artimañas no dan el resultado previsto. Este es uno de los rasgos más curiosos del demonio: a nosotros, como a Fausto, nos parece que el mal triunfa casi siempre, y damos como prueba las grandes y pequeñas miserias de nuestra vida, los horrores e infamias de nuestra historia. Pero para el demonio (que debería saber de estas cosas) no es así. A pesar de todo el sufrimiento humano, parece que el bien, a la larga, triunfa. Mefistófeles cree, como Corín Tellado, que todo tiene un final feliz y, curiosamente, a menudo tiene razón. Si bien en el Fausto de Marlowe las llamas del infierno se tragan al ambicioso doctor (que como un cobarde promete al final quemar sus libros si se salva, como si los pobres tuvieran la culpa de su ambición), el primer Fausto de Goethe concluye con la salvación de Margarita, la mujer que Fausto corrompió, y el segundo con la salvación del doctor. Son quizás estos intentos fallidos que le han dado a Mefistófeles tan mala reputación hoy en día. "De héroe a general, de general a hombre político, de político a agente del servicio secreto, y de allí a algo que espía por las ventanillas del dormitorio o del baño, y de allí a sapo, y por fin a serpiente: ésta es la carrera del demonio", escribió C. S. Lewis.

Pero el doctor Fausto insiste. Así lo entendió Thomas Mann, y bajo el seudónimo de Adrian Leverkühn hizo que Fausto volviera a aceptar el terrible e ineficaz pacto. A través del fracasado poeta Enoch Soames, Max Beerbohm propuso una versión británica de la tragedia; a través de la ópera de Gounod, Estanislao del Campo redactó una versión gaucha; en medio del horror staliniano, Mikail Bulghakov soñó una versión rusa. La historia del doctor Fausto apareció impresa por primera vez en Alemania en 1587; le siguieron innumerables versiones, incluida una obra para títeres que Goethe vio de niño y que sin duda alimentó sus pesadillas de adulto.

En siglos pasados, cuando el trueque de un alma era considerado un acto tremebundo, las cosas eran para Mefistófeles relativamente sencillas, tuviese éxito o no. Hoy, cuando el alma tiene infinitamente menos prestigio, y cuando a diario se truecan almas contra nimiedades como una finca en Marbella o un puesto en un gabinete ministerial, la tarea de Mefistófeles es, paradójicamente, más difícil. Perder el alma a cambio de una pobretería otorga al alma el valor de poca cosa, y Mefistófeles (que también es banquero) anhela lo valioso. Por eso el Fausto de hoy no busca ni conocimiento ni amor, sino fama, suceso popular, nombre en las carteleras. Y aquí Mefistófeles está en su elemento. ¿Quieres ser un autor popular?, le dice a Fausto. ¿Quieres vender millones de ejemplares de tu libro? Trato hecho: tendrás pilas de tus obras en la Fnac y en El Corte Inglés; aparecerás a la cabeza de los best—séllers internacionales; te comprarán los derechos para hacer una película con Tom Cruise en el rol del héroe; viajarás en clase ejecutiva y te mudarás a Irlanda de manera de no tener que pagar impuestos. Y para obtener todo esto no tendrás que perder casi nada, salvo la calidad artística, el estilo, la gramática, la invención narrativa, la responsabilidad moral, la posición ética, el agradecimiento de los lectores futuros, el respeto de tus contemporáneos. El alma.

Texto publicado en Revista Ñ sábado 05 de mayo de 2007---->http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2007/05/05/u-02201.htm


LINKS acerca de fausto--->

http://es.wikipedia.org/wiki/Fausto

http://www.proyectopv.org/1-verdad/fausto.htm

domingo, 8 de noviembre de 2009

EL RINCONCITO DE LA REFLEXIÓN: RELATOS CORTOS


"La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha"
Michel Eyquem de Montaigne(1533-1592) Escritor y filósofo francés.


Estos relatos nos invitan, con simpleza, a despertar la
riqueza interior de cada uno y nos ayudan
a reflexionar.
Espero que les gusten tanto como a mí.
Este es un pequeño regalito que
les dejo en mi blog
para fortalecer el alma y el espíritu...

Cura para …La tristeza

Hay un viejo cuento que nos habla de una mujer, cuyo único hijo había muerto. En su dolor, fue a consultar a un hombre sabio, a quien preguntó:

-¿Qué oraciones, o qué encantamiento mágico tiene usted para traer a mi hijo de nuevo a la vida y quitar así mi tristeza?

El sabio, en vez de despedirla o razonar con ella, le dijo:

-Tráigame una semilla de mostaza de una casa donde nunca hayan conocido la tristeza. Nosotros la utilizaremos para expulsar la tristeza de su vida.

La mujer partió de inmediato en busca de aquella semilla mágica.

Se dirigió primero a una hermosa mansión, en un barrio residencial; tocó la puerta, y dijo:

-Estoy buscando un lugar donde nunca hayan conocido la tristeza, ¿es aquí por ventura? Esto es una cosa muy importante para mí.

Le respondieron:

-¡Qué pena, usted vino al lugar equivocado! Y comenzaron a relatarle todas las tragedias familiares que recientemente les habían ocurrido.

La mujer se dijo a sí misma:

-¿Quién mejor que yo con toda mi desgracia para ayudar a estas pobres y desafortunadas personas? Y se quedó para consolarlos.

Partió luego hacia otros lugares, en búsqueda de una casa donde nunca hubiera acontecido tristeza alguna. Pero, donde ella iba, ya fuesen palacios o chozas, siempre encontraba algún caso de tristeza o dolor.

Finalmente... quedó tan ocupada y contenta en consolar el dolor ajeno, que se olvidó de la búsqueda de la semilla mágica, sin darse cuenta que el hecho de consolar a otros, había expulsado la tristeza de su corazón y de su vida.

En el andén de la vida

Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación le informaron que el tren en que ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora. La elegante señora, un poco fastidiada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua para pasar el tiempo. Buscó un banco en el andén central y se sentó preparada para la espera. Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.

Imprevistamente, la señora observó cómo aquel muchacho, sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente. La mujer se molestó por esto, no quería ser grosera, pero tampoco dejar pasar aquella situación o hacer de cuenta que nada había pasado; así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la exhibió frente al joven y se la comió mirándolo fijamente a los ojos. Como respuesta, el joven tomó otra
galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió. La señora ya enojada, tomó una nueva galleta y, con ostensibles
señales de fastidio, volvió a comer otra, manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete sólo quedaba la última galleta.

"- No podrá ser tan descarado", pensó mientras miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas.
Con calma el joven alargó la mano, tomó la última gall
eta, y con mucha suavidad, la partió exactamente por la mitad. Así, con un gesto amoroso, ofreció la mitad de la última galleta a su compañera de banco.

"¡Gracias!" - dijo la mujer tomando con rudeza aquella mitad.

"De nada" - contestó el joven sonriendo suavemente mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida...

La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó:"¡Qué insolente, qué mal educado, qué será de nuestro mundo!".

Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el disgusto que aquella situación le había provocado. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de su cartera, su paquete de galletas intacto.

Cuántas veces nuestros prejuicios, nuestras decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a las personas y cometer las peores equivocaciones. Cuántas veces la desconfianza ya instalada en nosotros, hace que juzguemos injustamente a personas y situaciones, y sin tener un por qué, las encasillamos en ideas preconcebidas, muchas veces tan alejadas de la realidad que se presenta. Así por no utilizar nuestra capacidad de autocrítica y de observación, perdemos la gracia natural de compartir y enfrentar situaciones, haciendo crecer en nosotros la desconfianza y la preocupación. Nos inquietamos por acontecimientos que no son reales, que quizás nunca lleguemos a contemplar, y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca ocurrirán.

Dice un viejo proverbio...
"Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente,
pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad,
se consigue más de lo que se espera".


Las tres rejas

El joven discípulo de un sabio filósofo llega a casa de éste y le dice:

-Oye, maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia...

-¡Espera! lo interrumpe el filósofo-. ¿Ya has hecho pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

-¿Las tres rejas?

-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No. Lo oí comentar a unos vecinos.

-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

-No, en realidad no. Al contrario...

-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

-A decir verdad, no.

-Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, enterrémoslo en el olvido.



Cuento sin "U"

Jorge Bucay

Caminaba distraídamente por el camino y de pronto lo vio.

Allí estaba el imponente espejo de mano, al costado del sendero, como esperándolo.

Se acercó, lo alzó y se miró en él. Se vio bien.

No se vio tan joven, pero los años habían sido bastante bondadosos con él.

Sin embargo había algo desagradable en la imagen de sí mismo.

Cierta rigidez en los gestos lo conectaba con los aspectos más agrios de la propia historia:

La bronca,

el desprecio,

la agresión,

el abandono,

la soledad.

Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente desechó esa idea.

Ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con otra más.

Decidió irse y olvidar para siempre ese camino y ese espejo insolente.

Caminó dos horas tratando de vencer la tentación de volver atrás hacia el espejo. ese misterioso objeto lo atraía como los imanes atraen a los metales.

Resistió y aceleró el paso.

Tarareaba canciones infantiles para no pensar en esa imagen horrible de sí mismo.

Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde siempre, se metió vestido en la cama y se tapó la cabeza con las sábanas.

Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni la imagen de él mismo reflejada en el espejo; pero no podía evitar la memoria de esa imagen:

la del resentimiento,

la del dolor,

la de la soledad,

la del desamor,

la del miedo,

la del menosprecio.

Había ciertas cosas indecibles e impensables...

...Pero él sabía dónde había empezado todo esto.

Empezó esa tarde, hace treinta y tantos años...

El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor del maltrato de los otros.

Esa tarde el niño decidió borrar, para siempre, la letra del alfabeto. Esa letra. Era la U.

La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.

La letra imprescindible para hablarle a los demás, al dirigirles la palabra.

Sin manera de nombrarlos dejarían de ser deseados... y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios... y sin motivo ni forma de invocarlos, se sentiría, por fin, libre.....

EPÍLOGO:

Escribiendo sin "U" puedo hablar hasta el cansancio de mí, de lo mío, del yo, de lo que tengo, de lo que me pertenece...

Hasta puedo escribir de él, de ellos y de los otros.

Pero sin "U" no puedo hablar de vosotros, del tú, de lo vuestro.

No puedo hablar de lo suyo, de lo tuyo, ni siquiera de lo nuestro.

Así me pasa...

A veces pierdo la "U".... y dejo de poder hablarte, pensarte, amarte, decirte.

Sin "U" yo me quedo pero tú desapareces...

Y sin poder nombrarte, ¿cómo podría disfrutarte?

Como en el cuento... si tú no existes, me condeno a ver lo peor de mí mismo reflejándose eternamente, en el mismo mismísimo tonto espejo.

LA VASIJA AGRIETADA

Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón, pero cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad del agua.

Durante dos años completos esto fue así diariamente, desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque solo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.

Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: -"Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas solo puedes entregar la mitad de mi carga y solo obtienes la mitad del valor que deberías recibir."

El aguador apesadumbrado, le dijo compasivamente: -"Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino." Así lo hizo la tinaja. Y en efecto vio muchísimas flores hermosas a lo largo del trayecto, pero de todos modos se sintió apenada porque al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.

El aguador le dijo entonces -"Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino?. Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas y todos los días las has regado y por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Madre. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza."

Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Todos somos vasijas agrietadas, pero debemos saber que siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados. Uno no deja de reír por hacerse viejo, se hace uno viejo por dejar de reír.


Asamblea en la carpintería

Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea.

Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias.

El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo acepto su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera para algo.

Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija.

Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.

Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que siempre se la pasaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto.

En esto entro el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo.

Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente la tosca madera inicial se convirtió en un fino mueble.

Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación.

Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:

-"Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos”.

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.

Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de su fortaleza y de trabajar juntos.

Ocurre lo mismo con los seres humanos. Observen y lo comprobarán.

Cuando en una empresa el personal busca a menudo defectos en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio al tratar con sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, es cuando florecen los mejores logros humanos.

Es fácil encontrar defectos, cualquier tonto puede hacerlo. Pero encontrar cualidades, eso es para los espíritus superiores que son capaces de inspirar los éxitos humanos.

Cuento de Mamerto Menapace


¿BUENA SUERTE?¿MALA SUERTE ?


Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día el caballo escapó hacia las montañas. Cuando los vecinos del anciano se acercaron para condolecerse con él y lamentar su desgracia el labrador expresó: ¿Buena suerte?, ¿Mala suerte?, ¿Quién sabe?

Una semana después el caballo volvió de las montañas trayendo una manada de caballos salvajes. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su buena suerte. Este les respondió: ¿Buena suerte?, ¿Mala suerte?, ¿Quién sabe?

Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró ésto como una desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: ¿Buena suerte?, ¿Mala suerte?, ¿Quién sabe?...
Una semana mas tarde, el ejército entró en el pueblo y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del Labrador con la pierna rota, lo dejaron tranquilo. ¿Había sido Buena suerte?, ¿Mala suerte?, ¿Quién sabe?

El sabio labrador solo expresó: Todo lo que a primera vista parece un contratiempo puede ser realmente benigno. Así, pues será postura sabia que dejemos a Dios decidir lo que es buena o mala suerte, y le agradezcamos que todas las cosas se conviertan en bien.