miércoles, 24 de marzo de 2010

NUNCA MÁS!!!




GRITEMOS BIEN FUERTE:



DESAPARECIDOS

Están en algún sitio / concertados
desconcertados / sordos,
buscándose / buscándonos
bloqueados por los signos y las dudas
contemplando las verjas de las plazas
los timbres de las puertas / las viejas azoteas
ordenando sus sueños, sus olvidos
quizá convalecientes de su muerte privada

nadie les ha explicado con certeza
si ya se fueron o si no
si son pancartas o temblores
sobrevivientes o responsos
ven pasar árboles y pájaros
e ignoran a qué sombra pertenecen

cuando empezaron a desaparecer
hace tres cinco, siete ceremonias
a desaparecer como sin sangre
como sin rostro, y sin motivo
vieron por la ventana de su ausencia
lo que quedaba atrás / ese andamiaje
de abrazos cielo y humo

cuando empezaron a desaparecer
como el oasis en los espejismos
a desaparecer sin últimas palabras
tenían en sus manos los trocitos
de cosas que querían

están en algún sitio / nube o tumba
están en algún sitio / estoy seguro
allá en el sur del alma

es posible que hayan extraviado la brújula
y hoy, vaguen preguntando preguntando
dónde carajo queda el buen amor
porque vienen del odio

MARIO BENEDETTI

Infierno grande
Guillermo Martínez

Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo volvió a mencionar.

Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida, y, sobre todo, con aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.

Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.

La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le cortaba el pelo se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se quedaba por ella.

No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pronto arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de Cervino estaba siempre el último El Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.

Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise averiguarlo: me hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa había nacido en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste. Fuera como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla. Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire.

Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su peluquería estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me había equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperando su clientela: consiguió de alguna forma revistas pornográficas , que por esa época los militares habían prohibido, y después, cuando llegó el Mundial, juntó todos sus ahorros y compró un televisor color, que fue el primero del pueblo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en Puente Viejo había una y sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas.

Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor fue, otra vez, a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho tiempo la burla o la humillación de una mujer.

Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras, detrás de los médanos, cerca de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía muy poco; hacía compras grandes, para quince días o para el mes entero, pero en cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que fuera solamente a leer El Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino. Porque así fue, al principio todos compadecían a Cervino. En verdad, resultaba fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa pronta, como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba largo rato afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido por el espejo contemplando a la Francesa con una pasión muda y reconcentrada, como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.

Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para las casadas y casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres estaban resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al desprecio y mucho menos a la sorna de una mujer.

Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espinosa, que desde su ventana siempre escuchaba risas y gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería, delante de él y en las narices de Cervino... en fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas habladurías.

Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Francesa habían desaparecido. Quiero decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni en el camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal vez porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían; Cervino era demasiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era buen mozo... Y comentaban entre sí con risitas de complicidad que quizás ellas hubieran hecho lo mismo.

Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto estaba en el almacén la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos, había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía aquello, muy extraño - que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisarse al comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle: tengo por norma no discutir con los clientes.

Empecé a decir débilmente que no se podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.

Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la puerta. Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer.

Cuando hizo el pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa.

Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar: era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.

Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuelto a ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la carpa abandonada y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Francesa regresara, que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al muchacho con la navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor.

Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin clientes: los muchachos del pueblo se desafiaban unos a otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y empezó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.

Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo, que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía hacerse.

En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado en tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez más monstruoso.

Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir un temor supersticioso, el presentimiento de que en aquellas interminables discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte, parecía haber enloquecido. Andaba abriendo pozos por todos lados con una ridícula palita de playa, vociferando que ella no descansaría hasta encontrar los cadáveres.

Y un día los encontró.

Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda entró en el almacén preguntándome si tenía palas; y dijo en voz bien alta, para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y voluntarios para cavar en los médanos detrás del puente. Después, dejando caer lentamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro que devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchando, aún sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano humana.

La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último, cargando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se despierta de la siesta. Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar, distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así, no en Puente Viejo.

Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso desnudo y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente en torno y yo distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo. Durante un largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto, cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquítico que se desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima. Entonces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí, las palas se precipitaron todas juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco más y apareció el primer cadáver.

Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron enseguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar a la Francesa, pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho.

Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas.

El horror me hacía deambular de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que vi una espalda acribillada y más allá una cabeza con vendas en los ojos. Miré al comisario y el comisario también sabía, nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones.

Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figura de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió caminaba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó delante de nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal como estaban. Todos volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría también allí. El perro ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia delante, para que también lo enterrásemos.

Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los nombres de los que habíamos estado allí.

La Francesa regresó pocos días después: su padre se había recuperado por completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni bien empezó la temporada.

sábado, 12 de diciembre de 2009

CARTA, DEL LIBRO CUENTOS PARA VERÓNICA

















Cuentos para Verónica llevo a la fama a la escritora argentina Poly Bird allá por el 1969. La autora lo escribió a raíz del nacimiento de su única hija y con él logro llegar al corazón de varias generaciones.

Se vendieron dos millones de ejemplares y se convirtió en el libro de mayor venta después del Martín Fierro.


Carta

Por si no estoy cuando ya sepas leer con los ojos y con el corazón al mismo tiempo.

Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo morisquetas frente al espejo, soy feliz... y tengo miedo.

Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobre todo de esta felicidad mía tan pulida, tan dulce, tan nueva. Ahora no lo entiendes, claro, tienes nada mas que un año, un añito que pregonas con tu índice en alto y una sonrisa de solo seis dientitos de conejo.

Ahora tu mundo se reduce a los pajaritos de cartulina que papá colgó del techo de tu cuarto y el aire mueve constantemente para tu asombro y tu alegría. Y a la muñeca que buscando tu amistad solo encontró que te diviertas tirándola al suelo desde tu cuna. Y al muñeco de celuloide pintado de rosa que tiene campanas en la barriga y suena a gloria cuando lo mueves.

Ah... tu mundo... tu mundo de sopa, de puré, de torpes balbuceos, de rodillas sucias de gatear por el piso, de chupetes, de pañales, de agua tomada con bombilla y verdaderas proezas para sacarle las perillas al televisor. Es un mundo chiquito, vigilado, seguro, con olor a colonia para bebes.

Un mundo que cabe en la palma de tu mano gorda. Yo estoy en ese mundo, soy una enamorada de ese mundo. Sí, Verónica, ahora mamá esta. Lloras de noche y corre a tu cuarto, te acaricia la cabeza, te dice que vuelvas a dormite. Mamá ya te conoce bien, sabe todo lo que te gusta y lo que no te gusta, y cuando pone sus ojos sobre ti, te estudia, te analiza, trata de comprenderte, de aprender cual es el camino que llega a tu corazón, para transitar siempre por el.

Y ese es mi miedo. Hoy estoy aquí, tan cerca de ti, pensando la manera de hacerte feliz, segura de que a mi lado encontraras la dicha. Pero... ¿si me muero antes de que seas grande? ¿Y si me muero antes de poder responder a todas tus preguntas, antes de poder aclarar tus dudas, antes de poder secar las lagrimas de tus primeras desilusiones, esas que duelen tanto? No, no tengo que morirme, no quiero.

Pero si me muero, quiero dejarte entre muchas cosas (mi vida, mis sueños, mi inmenso amor por ti) una carta para que la leas con los ojos y con el corazón al mismo tiempo. Y sientas que estoy a tu lado, que estirando la mano puedes tocarme en el aire y afinando el oído puedes escuchar mi voz y mi risa (porque por sobre todas las cosas quiero que te acuerdes de mi risa...)

Verónica, gorrión, esta es la carta:

"A tu alrededor hay un mundo con todo lo que conoces, con todo lo que amas. Mas allá, un mundo grande, bello y peligroso, donde te espera todo lo que te hará mujer: el amor, el hombre, la decepción, la angustia, el llanto, la felicidad.

Para entrar a ese mundo no uses cábalas, no cierres los ojos, pero tampoco los abras con la intención de ver todo lo malo, lo negativo, lo gris.

No cierres tu corazón con siete llaves... pero tampoco lo dejes sin ninguna cerradura. No te guardes todo, pero no lo des todo. No pienses que los caminos son fáciles y te lances a andar con los pies desnudos, las manos abiertas y los ojos lavados con el agua de los arroyos limpios.

Tienes que llevar algo para el viaje, para cualquier viaje que emprendas; un equipaje sencillo y necesario que te ayude y te proteja: la pequeña armadura de tu voluntad para recuperarte de las caídas, así ninguno de los golpes que recibas llegara a romper tu fe; la ternura, porque con la ternura se curan los pajaritos enfermos, se hace reír a los niños y se llena de alegría el corazón de los que queremos.

Y lleva amor, mucho amor, para los que te amen y para los que te odien. Porque alguien te va a odiar, no sé quien y no sé por que... alguien te va a odiar sin motivos para odiarte, y el que odia, Verónica, no es malo... solamente esta enfermo.

Recuerda que en tu mundo viejo y en tu camino nuevo tienes un amigo. Es un hombre que te conoce desde que naciste. Es un hombre que te quiere mas que a sí mismo y, aún no comprendiéndote, aún equivocado, siempre va a buscar lo mejor para ti, te va a proteger, te va a ayudar.

¡Un hombre que hará por ti lo que sea necesario hacer y más!

Un hombre que busca tu luz para iluminarse y busca tu risa para sentir que la vida no se ha vivido en vano. Un hombre que cuando eras chiquita te compro unos pajaritos de cartulina blanca y negra y los colgó del techo de tu cuarto con hilo de coser. Papá. Tu papá, Verónica.

Puede ser que lo encuentres muy severo o demasiado intransigente... pero si tienes algún problema acércate a él y díselo.

No hallaras mejor amigo que quien ha pasado noches en vela cuando estabas enferma y rezo por ti cuando ya había olvidado las palabras de las plegarias, y lloro de emoción la primera vez que lo llamaste "papá". Y, al fin, no quiero engañarte, decirte que te dejo en un mundo de rosas, ruiseñores y todas cosas bellas... Pero tu puedes hacer que tu corazón las invente y cuando lo lastime una espina, sepa que detrás de la espina esta el maravilloso milagro de una flor.

TU MAMÁ

autor: Poldy Bird

Buenos Aires - Argentina

Del libro CUENTOS PARA VERONICA, edición 76 - Dos millones de ejemplares vendidos en Argentina. Traducido a 14 idiomas.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Pacto por Orlando Van Bredam

Fausto Salinas, como el Fausto eterno, decidió pactar con el diablo.
-Te entrego mi alma- propuso- a cambio de que todas las mujeres quieran tenerme en sus brazos.
-¿Eso es todo?- preguntó Lucifer.
-Eso es todo- confirmó Fausto Salinas, antes, poco antes de que el Rey de las Tinieblas lo convirtiera en un bebé, un bellísimo bebé de sonrisa irresistible.

O.V.B.

Fausto de Goethe


Gothe, es probablemente, el escritor alemán más conocido de todos los tiempos. Gran parte de su vida la dedicó a la redacción de Fausto, su obra cumbre.

En ella nos entrega uno de los grandes prototipos humanos: el hombre dominado por el ansia de alcanzarFausto - Johann Wolfgang Goethe (Libro Gratis). Download free books & ebooks. Romantic Book. Novels. Novelas Romanticas. e-books gratuitos. Fausto - Johann Wolfgang Goethe (Libro Gratis). Download free books & ebooks. Romantic Book. Novels. Novelas Romanticas. e-books gratuitos. Fausto - Johann Wolfgang Goethe (Libro Gratis). Download free books & ebooks. Romantic Book. Novels. Novelas Romanticas. e-books gratuitos. la felicidad y la sabiduría suprema, por desvelar el sentido de la vida.
Fausto es una obra literaria fundamental. Esta pieza teatral escrita en verso.

Monólogo inicial de Fausto

FAUSTO.–Ahora ya, ¡ay!, he estudiado a fondo filosofía, leyes, medicina y por desgracia también teología, con ardoroso esfuerzo. Y ahora me encuentro, ¡pobre de mí!, tan sabio como antes. Me llaman maestro y hasta doctor, y diez años llevo ya zamarreando a mis discípulos, cogidos de la nariz, arriba, abajo, a este lado y al otro…, y veo que no podemos saber nada. Lo cual me achicharra la sangre. Cierto que soy más discreto que todos esos jactanciosos doctores, maestros, escribanos y clérigos; no me quitan el sueño escrúpulos ni dudas y no le tengo miedo ni al infierno ni al diablo…; pero, en cambio, también ha huido de mí toda alegría, no me imagino saber nada a derechas, no me hago la ilusión de poder enseñar nada, ni de mejorar ni convertir a los hombres. Tampoco tengo bienes, ni dinero, ni honor y lustre mundanos; un perro no habría podido aguantar tanto esta vida. Por eso me he consagrado a la magia, a ver si por la fuerza y el verbo del espíritu se me puede revelar más de un misterio, a fin de no tener más necesidad de decir, sudando la gota gorda, aquello que no sé; de reconocer lo que el mundo encierra en su más íntimo meollo, contemplar toda la fuerza operante y las simientes y no seguir atascado en palabras.

Aparición de Mefistófeles


FAUSTO.–¡Échate a los pies de tu amo! ¡Ya ves que no amenazo en balde, que te achicharro en sagrada llama! ¡No aguardes a que por tercera vez te hiera la ardiente luz! ¡No aguardes a que despliegue la más poderosa de mis artes! (Deshácese la bruma y aparece Mefistófeles, vestido a guisa de estudiante andariego, saliendo de detrás de la estufa.)

MEFISTÓFELES.–¿A qué tanto alboroto? ¿Qué se le ofrece al señor?

FAUSTO.–¿Conque eso era lo que tenía dentro el chucho? ¿Un estudiante trotero? El caso me hace reír.

MEFISTÓFELES.–¡Saludo al docto señor! La gota gorda me habéis hecho sudar.

FAUSTO.–¿Cómo te llamas?

MEFISTÓFELES.–Nimia me parece esa pregunta en quien tanto desprecia el verbo y, muy alejado de toda apariencia, solo atiende a la hondura de los seres.

FAUSTO.–En vosotros, caballeros, suele inferirse el ser por el nombre, pues clarísimamente salta a la vista cuando os llaman dios de las moscas, corruptor y embustero. Pero vamos a ver: ¿quién eres tú?

MEFISTÓFELES.–Pues una parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre hacía el bien.

FAUSTO.–¿Qué quieres decir con esa adivinanza?

MEFISTÓFELES.–¡Yo soy el espíritu que siempre niega! Y con razón, pues todo cuanto existe es digno de irse al fondo; por lo que sería mejor que nada hubiese. De suerte, pues, que todo eso que llamáis pecado, destrucción, en una palabra, el mal, es mi verdadero elemento.

Firma del pacto

Mefistófeles convence a Fausto de que su diabólico poder le puede proporcionar la plenitud vital que está buscando, siempre y cuando pueda disponer de su espíritu tras su muerte. Fausto acepta:

FAUSTO.–¡Te brindo la apuesta!

MEFISTÓFELES.–¡Acepto!

FAUSTO.–¡Venga esa mano! ¡Diréle al momento: aguarda! ¡Eres tan bello! ¡Luego podrás tú cargarme de cadenas y yo me iré gustoso a pique! ¡Cuando doblen por mí las campanas, quedarás libre de tu servidumbre; cuando el reloj se pare y caiga el minutero, se habrá acabado el tiempo para mí!

MEFISTÓFELES.–Piénsalo bien, que no hemos de olvidarlo.

FAUSTO.–En todo tu derecho estarás, que yo no me he pasado de ligero. Tal como me encuentro, esclavo soy, es decir, tuyo o de quien fuere.

MEFISTÓFELES.–Desde hoy mismo serviré como criado a la mesa del doctor. ¡Pero solo una cosa!… Por si vive o muere, os ruego un par de líneas.

FAUSTO.–¿También exiges un escrito, so pedante? ¿Es que no has conocido a ningún hombre ni de palabra de hombre sabes? ¿No es bastante que mi palabra explícita haya de ir unida a mis días eternamente? […] ¿Qué quieres tú de mí, espíritu malo? ¿Bronce, mármol, pergamino, papel? ¿Quieres que escriba con cincel, escoplo o pluma? A tu elección lo dejo.

MEFISTÓFELES.–¿Cómo puedes exagerar con tanto calor tu locuacidad? Para el caso, cualquier hojilla es buena. La firmarás con una gotita de sangre.

FAUSTO.–Si eso te satisface plenamente, sea por la payasada.

MEFISTÓFELES.–Es la sangre un jugo muy particular.

La taberna de Auerbach

Comienza un peregrinaje de los dos personajes por diversos sitios. Para ello se ayudan de la capa mágica de Mefistófeles, que tiene la capacidad de llevarles a donde deseen.

SIEBEL.–(En tanto Mefistófeles se acerca a su sitio.) Pues yo confieso que no me agrada lo seco; así que dadme un vaso de lo dulce.

MEFISTÓFELES.–(Abriendo el boquete.) En seguida correrá para vos tokay.

ALTMAYER.–¡No, señores, miradme bien a la cara! Bien claro se ve que nos estáis tomando el pelo.

MEFISTÓFELES.–¡Quia! Nada de eso. Con tan nobles huéspedes sería algo atrevido. ¡Pronto! ¡Decid! ¿Qué vino queréis que os sirva?

ALTMAYER.–¡Cualquiera! No me preguntéis más. (Después de hechos y tapados todos los agujeros.)

MEFISTÓFELES.–(Con raros aspavientos.) […] ¡Ahondad en Naturaleza! ¡Y creed en el prodigio! ¡Quitad los tapones y refocilaos!

TODOS.–(Quitando los tapones y dejando correr el vino deseado.) ¡Oh, brava fuente esta que mana!

MEFISTÓFELES.–¡Pero tened cuidado de no desperdiciar gota!

TODOS.–(Cantando.) ¡Oh, qué placer de caníbales! ¡Oh, qué gusto y qué alegría! ¡Como quinientos marranos retozamos a porfía!

MEFISTÓFELES.–¡Libre es el pueblo; mirad qué a gusto se encuentra!

FAUSTO.–Yo querría ya largarme.

MEFISTÓFELES.–Poned antes atención, que la bestialidad va a revelarse ahora de un modo espléndido.

SIEBEL.–(Bebe desatentado y deja caer al suelo el vino, que al punto se convierte en una llama.) ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Socorro! ¡Que el infierno está ardiendo!

MEFISTÓFELES.–(Hablando a la llama.) Estate quieto, ¡oh elemento amigo! (A los bebedores.) Por esta vez solo fue una gotita de fuego fatuo.

SIEBEL.–¿Qué es esto? ¡Aguarda! ¡Caro vais a pagarlo! ¡Por lo visto no sabéis con quién tratáis!

Fausto y Margarita

Tras visitar la cocina de una bruja, que prepara un elixir para que Fausto pueda rejuvenecer y conocer el amor, Fausto se encuentra a Margarita en la calle, de la que se queda prendado, y pide ayuda a Mefistófeles para conseguir su amor:

FAUSTO.–Mi linda señorita, ¿podría yo atreverme a ofreceros mi brazo y mi compañía?

MARGARITA.–Ni soy señorita ni linda; puedo ir a casa sin escolta. (Se aparta y vase.)

FAUSTO.–¡Por el cielo, que es hermosa esa chica! ¡Jamás vi nada que se le pareciera! ¡Es tan decente y virtuosa y al mismo tiempo tiene algo de pizpireta! ¡La grana de sus labios, la luz de sus mejillas no las olvidaré en tanto dure el mundo! ¡Al bajar los ojos quedóseme profundamente grabada en el corazón, y el que sea tan reservada viene a colmar su hechizo! (A Mefistófeles, que llega.) Oye: tienes que proporcionarme a esa muchacha.

MEFISTÓFELES.–¿Cuál?

FAUSTO.–La que acaba de pasar por aquí.

MEFISTÓFELES.–¿Esa? Pero si venía ahora del confesor, que la absolvió de todos sus pecados, que yo me escurrí detrás del confesionario. Es una chica la mar de inocente, que ni necesidad tendría de confesarse; sobre ella no tengo yo ningún poder.

FAUSTO.–Sin embargo, ya pasa de los catorce. […]

MEFISTÓFELES.–Ahora, bromas y cuchufletas aparte. Os digo que con esa chica no se puede ir deprisa. Por la tremenda no se consigue ahí nada; hemos de valernos de la astucia.

FAUSTO.–¡Tráeme algo de ese tesoro angelical! ¡Llévame junto a su lecho! ¡Proporcióname una cinta de las que le ciñen el busto, una media de mi adorada!

MEFISTÓFELES.–Para que veáis que me intereso por vuestras cuitas y quiero serviros, no perderemos un instante y hoy mismo os introduciré en su aposento.

Entrevista de Margarita y Mefistófeles

Mefistófeles acompaña a Fausto a la habitación de Margarita para que la contemple, lo cual acrecienta aún más su amor. Mefistófeles deja una caja con joyas en un armario, como un regalo de un admirador secreto. Tras ello, se presenta de nuevo en casa de Margarita, que está acompañada por su prima Marta. Comunica a Marta la muerte de su esposo, y promete traer a alguien (en realidad, a Fausto) que le cuente el fatal desenlace, para que este tenga la oportunidad de hablar con Margarita:

MEFISTÓFELES.–¡Ya lo veis! Pero, en fin, ya murió. Yo, en vuestro lugar, le guardaría luto un añito y luego tendería la vista por ahí en busca de otro tesoro.

MARTA.–¡Ay Dios, qué difícilmente hallaré otro en este mundo que pueda igualarse al primero! Un loco era, sí, pero de buen fondo. Solo que le tiraba demasiado el correr mundo, y las mujeres de otras tierras, y el vino de otros países, y ese maldito juego de los dados.

MEFISTÓFELES.–Bien, bien; la cosa habría podido pasar si él os hubiera tenido que perdonar más o menos lo mismo. Con esa condición os juro no tendría yo reparo en cambiar con vos el anillo.

MARTA.–¡Oh, y qué buen humor tiene el caballero!

MEFISTÓFELES.–(Para sí.) ¡Oh, creo que debo largarme en seguida! Esta tía sería capaz de cogerle al propio diablo la palabra. (A Margarita.) Y vos, ¿cómo tenéis el corazoncito?

MARGARITA.–¿Qué quiere decir el señor con eso?

MEFISTÓFELES.–(Para sí.) ¡Oh, qué niña tan buena e inocente! (Alto.) Bien. ¡Adiós, señoras mías!

MARGARITA.–¡Adiós!

MARTA.–Pero decidme una cosa antes. Yo querría tener un testimonio de dónde, cómo y cuándo murió y está enterrado mi tesoro. Siempre fui amiga del orden y quisiera leer también su esquela mortuoria en los semanarios.

MEFISTÓFELES.–Sí, buena mujer; por boca de dos testigos haremos pública la verdad; pues tengo un compañerito que por vos comparecerá ante el juez. Os lo traeré aquí.

MARTA.–¡Oh, sí, no dejéis de hacerlo!

MEFISTÓFELES.–Y esta jovencita, ¿estará aquí también?… ¡Se trata de un buen chico! Ha corrido mucho mundo y es sumamente cortés con las señoritas.

MARGARITA.–Voy a ponerme colorada delante de este señor.

Condenación de Margarita

La relación entre Fausto y Margarita tiene lugar, lo que indirectamente causa la muerte de la madre de Margarita y de su hermano Valentín; en una iglesia un espíritu le revela que está condenada por sus pecados y que tiene que morir encarcelada.

FAUSTO.–¡Sálvala, o ay de ti! ¡Caiga sobre tu frente la más horrible maldición por espacio de milenios!

MEFISTÓFELES.–Yo no puedo desatar el nudo del vengador ni descorrer sus cerrojos… ¡Sálvala!… ¿Quién fue el que la precipitó en la ruina? ¿Tú o yo? (Fausto mira en torno suyo con ojos de espanto.) ¿Es que vas a echar mano del trueno? ¡Suerte fue que no os fuera dado a vosotros, míseros mortales! ¡Arremeter contra el inocente que les sale al paso es la manera que tienen los tiranos de salir del aprieto!

FAUSTO.–¡Llévame allá! ¡Hay que libertarla!

MEFISTÓFELES.–¿Y el peligro a que te expones? Piensa que todavía tienes tú una deuda de sangre que saldar con la justicia. Sobre el lugar en que cayó la víctima, ciérnense espíritus vengadores y acechan impacientes la vuelta del homicida.

FAUSTO.–¡Que aún digas eso! ¡Caiga sobre ti, ¡oh monstruo!, la sangre de todo un mundo! ¡Llévame allá, te digo, y sálvala!

MEFISTÓFELES.–¡Allá te llevaré, y oye lo que hacer puedo! ¿Tengo yo acaso en mi mano todo el poder del cielo y de la tierra? En bruma envolveré los sentidos del carcelero, le quitaré las llaves y con mano de hombre la sacaré de allí. ¡Yo vigilo! Listos están los mágicos corceles, y en ellos os raptaré. Eso es cuanto hacer puedo.

FAUSTO.–¡Pues vamos allá inmediatamente!


Salvación de Margarita

Fausto y Mefistófeles llegan a la cárcel con la intención de salvarla, pero Margarita rechaza a Mefistófeles, ya que prefiere morir arrepentida para recibir la gracia de Dios.

FAUSTO.–¡Ya está clareando! ¡Alma mía! ¡Amor mío!

MARGARITA.–¡El día! ¡Sí, viene el día! ¡El último día se acerca ya; el día de mi boda debía ser! ¡No le digas a nadie que estuviste con Margarita! ¡Ay de mi ramo de azahar! ¡Ya se acabó! Volveremos a vernos, pero no en el baile, que allí se apretuja la gente, aunque no se la sienta. La plaza, las calles no bastan a contenerla. Llama la campana, estalla el cohete. ¡Cómo me oprimen y zarandean! ¡Ya estoy a dos pasos del patíbulo! ¡Ya corre por todos los cuellos el frío de la cuchilla, que hiende el mío! ¡Mudo está el mundo cual la tumba!

FAUSTO.–¡Oh, si no hubiere yo nacido! (Mefistófeles aparece fuera.)

MEFISTÓFELES.–¡Arriba, o sois perdidos! ¡Inútil titubeo, remilgo y cháchara! Piafan ya mis corceles; la mañana clarea.

MARGARITA.–¿Qué es lo que sube del suelo? ¡Él! ¡Despídele! ¿Qué es lo que ese busca en este santo asilo? ¡Por mí viene!

FAUSTO.–¡Has de vivir!

MARGARITA.–¡Juicio de Dios! ¡A ti me entrego!

MEFISTÓFELES.–(A Fausto.) ¡Ven, ven! Si no, ahí te dejo con ella.

MARGARITA.–¡Tuya soy, oh Padre! ¡Sálvame! ¡Y vosotros, oh ángeles, sagradas legiones, rodeadme y defendedme! ¡Enrique! ¡Horror me inspiras!

MEFISTÓFELES.–¡Juzgada está!

VOZ.–(De lo alto.) ¡Está salvada!

MEFISTÓFELES.–(A Fausto.) ¡Ven conmigo! (Desaparece con Fausto.)

VOZ.–(Dentro, vibrante.) ¡Enrique! ¡Enrique!


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