«Mira si soy desprendío
martes, 27 de enero de 2009
SOLEÁ DEL AMOR DESPRENDÍO - MANUEL BENÍTEZ CARRASCO
«Mira si soy desprendío
martes, 20 de enero de 2009
Comentario del cuento “A la deriva” de Horacio Quiroga
Comentario del cuento “A la deriva” de Horacio Quiroga, a partir de los textos críticos “Algunos aspectos del cuento” y “Del cuento breve y sus alrededores”, de Julio Cortázar.
(Nota: el cuento lo pueden leer en http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/deriva.htm, y los textos de Cortázar en http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/cortaz1.htm y http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/cortaz6.htm).
Lo primero que impresiona del cuento A la deriva es su extensión: en escasas cuatro páginas logra su autor, Horacio Quiroga, transportarnos a la caída frenética del protagonista, a su inevitable descenso a la muerte, con toda la carga emocional que de ello se puede derivar. Para lograrlo, se suprime todo componente que pueda estorbar, que frene al lector. Citando a Cortázar, en el cuento se “potencian vertiginosamente un mínimo de elementos”
El protagonista de A la deriva ha sido mordido por una serpiente venenosa y, desesperado, se adentra en el río con su canoa, buscando que la corriente lo lleve al lugar donde podrá recibir ayuda. Quiroga ha sido siempre un maestro en la utilización de una forma acorde con el suceso narrado, y en este cuento el tono y el ritmo se arrastran velozmente junto con el hombre que ha sido mordido, nos envuelven en su tragedia, nos inducen su angustia: “Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par”[3]. Pero hacia el final del relato, cuando el veneno afecta ya los pensamientos del hombre y lo hace sentir una extraña tranquilidad, una paz y un bienestar que antecederán a la muerte, el tono cambia también y se hace pausado y suave, sumergiéndonos en el majestuoso paisaje del río que refleja a la perfección el estado mental del hombre: “El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre”[4]. El relato finaliza justo en el punto en el que no se puede avanzar más, cuando ya todo es silencio: “Y cesó de respirar”[5]. Esta frase rotunda cierra el cuento a la perfección y lo convierte en un universo autónomo, que cumple con lo que Cortázar infiere a partir del décimo precepto del Decálogo del perfecto cuentista, del mismo Quiroga: “la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior”[6]. Aunque el relato está escrito en tercera persona nunca nos apartamos un milímetro del drama del hombre que va a la deriva, como si, a pesar de todo, el narrador fuese el mismo protagonista y el autor, Quiroga, permaneciese ajeno.
En los cuentos de Quiroga se hace evidente que su método narrativo, como se explica en su Decálogo..., nace de una profunda meditación del tema y de la manera de narrarlo previas al momento mismo de la escritura, y de una corrección y supresión de “ripios” posterior. Este método implica que ningún componente del cuento, por pequeño que sea, carece de valor y de peso. En el caso de A la deriva las palabras utilizadas para describir el hecho narrado resultan acordes con éste e influyen, consciente o inconscientemente, en el estado de ánimo del lector: “sed quemante”, “monstruosa hinchazón”, “lustre gangrenoso”, “atroz sequedad”, “terriblemente doloroso”, etc. El método quiroguiano contrasta enormemente con el utilizado por Julio Cortázar a la hora de escribir muchos de sus cuentos, y que este autor describe en su artículo Del cuento breve y sus alrededores. Los relatos de Cortázar nacen de un impulso incontenible, de una inspiración que lo obliga a sentarse frente a la máquina y escribir todo el cuento de golpe, sin saber en un primer momento cuál será su desenlace. Considero que, como cuentista, Horacio Quiroga supera casi siempre a Cortázar, sobre todo en el manejo de la tensión, y quizás se deba esto al hecho de que la inspiración literaria algunas veces no da en el blanco o no resulta suficiente. Sin embargo, no hay duda de que ésta funciona para Cortázar mucho más frecuentemente que para la mayoría de escritores (quizás debido al “genio” de este autor y a su arduo entrenamiento literario), y de allí que Quiroga, en este aspecto, resulte un maestro más adecuado para aquellos autores nóveles que desean dominar el difícil arte del cuento.Por último, quisiera resaltar una frase de A la deriva que me parece especialmente significativa: “Pero el hombre no quería morir”[7]. A pesar de que el río arrastra su canoa, a pesar de que el veneno recorre ya todo su cuerpo, a pesar de lo inevitable de la muerte, el hombre se resiste, quiere a como dé lugar imponer su voluntad. El ser humano está sumergido en el determinismo, pero en su mente y en su alma posee o anhela una libertad que, sin embargo, no podrá cambiar su destino. Con este sencillo relato Quiroga se asoma de nuevo a la muerte, su permanente obsesión, y deja planteadas algunas preguntas que son como puertas que se abren y encaminan al lector por espacios mucho más amplios que el del suceso narrado. Se cumple de esta manera con otro de los requisitos que Julio Cortázar atribuye a los grandes cuentos, a aquellos relatos verdaderamente inolvidables: “Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta”[8].
© Jorge Mario Sánchez
[1] Cortázar, Julio. Del cuento breve y sus alrededores. Tomado de Teorías del Cuento III.[2] Cortázar, Julio. Op. cit.[3] Quiroga, Horacio. A la Deriva. Tomado de Cuentos de amor, de locura y de muerte.[4] Quiroga, Horacio. Op. cit.[5] Quiroga, Horacio. Op. cit.[6] Cortázar, Julio. Op. cit.[7] Quiroga, Horacio. Op. cit.[8] Cortázar, Julio. Algunos aspectos del cuento. Tomado de Teorías del Cuento I.
lunes, 19 de enero de 2009
Corazón delator de Edgar Allan Poe
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN
Traducción de Julio Cortázar
EDGAR ALLAN POE
Hoy en día, la causa exacta de la muerte continúa siendo un misterio, aunque desde 1872 se cree que pudo deberse al abuso de agentes electorales sin escrúpulos, que en la época solían utilizar a pobres incautos, emborrachándolos, para hacerles votar varias veces por el mismo candidato, por ese motivo la hipótesis más aceptada es que tras emborracharlo le usaron para votar en las elecciones con nombres distintos.
Mi vida ha sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; un honesto deseo de futuro.
A James R. Lowell, 2/7/1844
domingo, 18 de enero de 2009
Actividades para trabajar mitos y leyendas
Objetivos: Que el alumno:
·Conozca las características del mito.
· Diferencie al mito de la leyenda.
· Reconozca el mito como texto literario.
Contenidos:
El mito; características.
Diferencia entre mito y leyenda.
Secuencia de Actividades:
El residente comenzará la clase indagando los saberes de los chicos acerca del mito. Para ello formulará preguntas como:
¿Qué es un mito? ¿Tiene personajes?
¿Por qué creen que existen los mitos?
El residente comentará que los mitos son anónimos, es decir, no tienen escritor dado que la transmisión de ellos fue oral y hace muchos años.
Pero que sí podemos encontrar compiladores que reúnan mitos que hablen o traten el mismo tema.
Luego del debate, el residente les entregará una fotocopia (adjunto) de un mito griego. Les pedirá que lo lean y que luego contesten las preguntas que se encuentran a continuación del texto.
Una vez que los alumnos finalicen las preguntas, se comentarán las respuestas oralmente.
En este momento el residente les entregará una leyenda que les preparó. Les pedirá que la lean.
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POSIBLES TEXTOS Y ACTIVIDADES A UTILIZAR:
El minotauro era hijo de Pasifae, esposa del rey Minos de Creta y de un toro blanco enviado por Posidón, dios del mar. Minos había ofendido gravemente a Poseidón quien como venganza hizo que Pasifae se enamorase del animal. Fruto de dicha unión nació el Minotauro, un ser violento, mitad hombre, mitad toro, que se alimentaba de carne humana. Para esconder su vergüenza y proteger a su pueblo, el rey Minos rogó al inventor Dédalo que le construyera un laberinto del que el monstruo nunca pudiera salir. Cada nueve años, a fin de apaciguarlo, Minos le ofrecía la bestia, siete mujeres y siete jóvenes que imponía como tributo a la ciudad de Atenas.
En una ocasión, Teseo se ofreció voluntario como víctima, con la intención de matar al Minotauro y liberar a Atenas de un cruel destino. Con la ayuda de Adriadna, la hija del rey, que se había enamorado de él, logro su propósito: Adriadna le ofrece a Teseo un ovillo de hilo que le ha dado Dédalo, el arquitecto del laberinto. Habiéndo atado uno de sus extremos en la entrada y siguiendo el hilo por los intrincados vericuetos del laberinto, Teseo puede, efectivamente, encontrar la salida.
Preguntas para reflexionar en pequeños grupos
· ¿Por qué el minotauro es un monstruo?
· ¿Cómo es un laberinto? Cuál puede ser su sentido simbólico ?
· ¿Por qué Teseo siendo un héroe aceptará la ayuda que le ofrece Ariadna?
· ¿Qué podría significar para nosotros hoy, el hilo de Ariadna?
· Aprendizaje
· Enfrentar dificultades
· Soluciones simples para problemas complejos
· Astucia
· Temores
· Valentía
· Colaboración
· Dar y recibir ayuda
Dícese que en las noches de luna llena el séptimo hijo varón se convierte en un animal, semejante a un gran perro llamado lobizón que al de ambular por las calles provoca el aullido de los perros que habitan el lugar.
Depende de los lugares donde se los relate va sufriendo transformaciones siendo algunas de ellas verdadera mente escalofriantes.
En una oportunidad cuenta una vecina, que vio un hombre revolcarse sobre un cuero, que ya transformado en lobizón se dirigió camino al cementerio seguido de una jauría perros. La vecina aterrorizada permanecia en su ventana viendo regresar solamente los perros del vecindario.
Es por ello que es tradición en las familias de estos lugares, que al nacer un séptimo hijo varón sea bautizado eligiéndose como padrino, al presidente de la república, para que no suceda lo relatado anteriormente.
Otras posibles preguntas para los textos:
¿Quién era el personaje del mito? ¿Y el de la leyenda? ¿Qué tema trataba el mito? ¿Y el de la leyenda? Etc.
- Los mitos forman parte de la literatura folclórica, su transmisión es oral y los hechos que narran son considerados verdaderos por el narrador y su público. El tiempo en el que transcurren es anterior al del hombre, cuando el mundo no era como lo conocemos; por lo tanto, la geografía del mito no coincide con la humana. Su propósito es explicar el origen tanto del cosmos como de las instituciones que organizan la sociedad y justificar los valores étnicos que la regulan.
- Las leyendas, a semejanzas de los mitos, son consideradas verdaderas por el narrador y su público, pero se ubican en un período considerado menos remoto, cuando el mundo era como es hoy, los elementos de localización temporal y espacial son frecuentes; gran número se caracteriza por explicar el origen o la causa de algo: accidentes y fenómenos naturales, animales, plantas, el hombre y sus instituciones, nombres de lugares, por eso se los denomina explicativos o etiológicos.
Para afianzar los conocimientos y para que los alumnos puedan diferenciar claramente entre lo que es un mito y una leyenda es conveniente realizar un cuadro comparativo que deberan completar.
- Completen el siguiente cuadro comparativo.
El cuadro podria realizarse asi:
sábado, 17 de enero de 2009
viernes, 16 de enero de 2009
Comenzó su carrera literaria en 1916 con La inquietud del rosal, que recoge las sugestiones intimistas y sentimentales de un post-romanticismo, y publicó El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919) y Languidez (1920).
Después realizó viajes a Europa, en 1930 y 1934, que influenciaron en su obra, se sumó a este cambio, su azarosa vida amorosa y su lucha por el papel de la mujer en la sociedad de la época, además de manejar el tema de la sinceridad erótica. Publicó en esta etapa Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). Escribe con menos cánones, y con expresión libre y desprejuiciada.
Se suicidó en 1938 en Mar del Plata, sintiendo la impotencia ante el dolor producido por el cáncer. La noche anterior a que se internara en el mar desde la playa La Perla, escribió un poema, que envió al diario argentino La nación, y que fue publicado con su necrológica: “Voy a dormir”, y que se cree estaba dirigida a su hijo.
Dijiste la palabra que enamora
Lidia Rosa: hoy es martes y hace frío. En tu casa,
jueves, 15 de enero de 2009
MARIO BENEDETTI
- Richard Steele
La lectura es la gran proveedora de argumentos, la clave para que los demás te escuchen.
- José Miguel Monzón
Donde no hay libros hace frío. Vale para las casas, las ciudades, los países. Un frío de cataclismo, un páramo de amnesia.
– María Elena Walsh
Para instalar una buena biblioteca particular se necesitan dos cosas: un amplio círculo de amigos y una mala memoria.
- Georg Thormalia
Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
- anónimo
Para instalar una buena biblioteca particular se necesitan dos cosas: un amplio círculo de amigos y una mala memoria.
- Georg Thormalia
Un viejo que muere es como una biblioteca que arde.
- Dictador oriental
La lectura es al espíritu, lo que la gimnasia al cuerpo.
- Steele
La repetición instantánea existió en los libros mucho antes que en los deportes televisados.
- Bern Williams
La lectura nos vuelve a todos peregrinos: nos aleja del hogar, pero, lo más importante, nos da posada en todas partes.
- Hazel Rochman
Si bien es cierto que un libro no va a cambiar un régimen dictatorial, a la larga resulta invaluable como parte de un cambio social, insensible de un día a otro, pero sinsiblemente evidente de una década a la otra.
- Elena Poniatowska
Los libros tienen los mismo enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido.
- Paul Valery,escritor francés
Un país cuyos habitantes no leen o leen escaso es más vulnerable al engaño.
- Fermín Bocos,periodista español
Lee los buenos libros primero; lo más seguro es que no alcances a leerlos todos.
- Henry David Thoreau,escritor estadounidense
Cuando leemos demasiado de prisa o demasiado despacio, no entedemos nada.
- Blaise Pascal
El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
- Miguel de Cervantes,escritor español
Buscad leyendo y hallareís meditando.
- San Juan de la Cruz,religioso y poeta español
No falta quien desprecie los libros y prefiera aprender directamente de la vida; aunque así no se suele pasar del prólogo de la existencia.
- F. G