martes, 20 de enero de 2009

Comentario del cuento “A la deriva” de Horacio Quiroga


Comentario del cuento “A la deriva” de Horacio Quiroga, a partir de los textos críticos “Algunos aspectos del cuento” y “Del cuento breve y sus alrededores”, de Julio Cortázar.

(Nota: el cuento lo pueden leer en http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/deriva.htm, y los textos de Cortázar en http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/cortaz1.htm y http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/cortaz6.htm).


Lo primero que impresiona del cuento A la deriva es su extensión: en escasas cuatro páginas logra su autor, Horacio Quiroga, transportarnos a la caída frenética del protagonista, a su inevitable descenso a la muerte, con toda la carga emocional que de ello se puede derivar. Para lograrlo, se suprime todo componente que pueda estorbar, que frene al lector. Citando a Cortázar, en el cuento se “potencian vertiginosamente un mínimo de elementos”

[1]. Este despojarse de elementos superfluos es lo que logra que el cuento posea aquello que se conoce como tensión (o intensidad en el relato muy breve), que no es otra cosa que sumergir al lector en este pequeño universo, hacerlo viajar en línea recta desde el principio hasta el final del relato sin que su atención se vea comprometida nunca: “la tensión del cuento nació de esa eliminación fulgurante de ideas intermedias, de etapas preparatorias, de toda la retórica literaria deliberada”[2].

El protagonista de A la deriva ha sido mordido por una serpiente venenosa y, desesperado, se adentra en el río con su canoa, buscando que la corriente lo lleve al lugar donde podrá recibir ayuda. Quiroga ha sido siempre un maestro en la utilización de una forma acorde con el suceso narrado, y en este cuento el tono y el ritmo se arrastran velozmente junto con el hombre que ha sido mordido, nos envuelven en su tragedia, nos inducen su angustia: “Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par”[3]. Pero hacia el final del relato, cuando el veneno afecta ya los pensamientos del hombre y lo hace sentir una extraña tranquilidad, una paz y un bienestar que antecederán a la muerte, el tono cambia también y se hace pausado y suave, sumergiéndonos en el majestuoso paisaje del río que refleja a la perfección el estado mental del hombre: “El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre”[4]. El relato finaliza justo en el punto en el que no se puede avanzar más, cuando ya todo es silencio: “Y cesó de respirar”[5]. Esta frase rotunda cierra el cuento a la perfección y lo convierte en un universo autónomo, que cumple con lo que Cortázar infiere a partir del décimo precepto del Decálogo del perfecto cuentista, del mismo Quiroga: “la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior”[6]. Aunque el relato está escrito en tercera persona nunca nos apartamos un milímetro del drama del hombre que va a la deriva, como si, a pesar de todo, el narrador fuese el mismo protagonista y el autor, Quiroga, permaneciese ajeno.

En los cuentos de Quiroga se hace evidente que su método narrativo, como se explica en su Decálogo..., nace de una profunda meditación del tema y de la manera de narrarlo previas al momento mismo de la escritura, y de una corrección y supresión de “ripios” posterior. Este método implica que ningún componente del cuento, por pequeño que sea, carece de valor y de peso. En el caso de A la deriva las palabras utilizadas para describir el hecho narrado resultan acordes con éste e influyen, consciente o inconscientemente, en el estado de ánimo del lector: “sed quemante”, “monstruosa hinchazón”, “lustre gangrenoso”, “atroz sequedad”, “terriblemente doloroso”, etc. El método quiroguiano contrasta enormemente con el utilizado por Julio Cortázar a la hora de escribir muchos de sus cuentos, y que este autor describe en su artículo Del cuento breve y sus alrededores. Los relatos de Cortázar nacen de un impulso incontenible, de una inspiración que lo obliga a sentarse frente a la máquina y escribir todo el cuento de golpe, sin saber en un primer momento cuál será su desenlace. Considero que, como cuentista, Horacio Quiroga supera casi siempre a Cortázar, sobre todo en el manejo de la tensión, y quizás se deba esto al hecho de que la inspiración literaria algunas veces no da en el blanco o no resulta suficiente. Sin embargo, no hay duda de que ésta funciona para Cortázar mucho más frecuentemente que para la mayoría de escritores (quizás debido al “genio” de este autor y a su arduo entrenamiento literario), y de allí que Quiroga, en este aspecto, resulte un maestro más adecuado para aquellos autores nóveles que desean dominar el difícil arte del cuento.Por último, quisiera resaltar una frase de A la deriva que me parece especialmente significativa: “Pero el hombre no quería morir”[7]. A pesar de que el río arrastra su canoa, a pesar de que el veneno recorre ya todo su cuerpo, a pesar de lo inevitable de la muerte, el hombre se resiste, quiere a como dé lugar imponer su voluntad. El ser humano está sumergido en el determinismo, pero en su mente y en su alma posee o anhela una libertad que, sin embargo, no podrá cambiar su destino. Con este sencillo relato Quiroga se asoma de nuevo a la muerte, su permanente obsesión, y deja planteadas algunas preguntas que son como puertas que se abren y encaminan al lector por espacios mucho más amplios que el del suceso narrado. Se cumple de esta manera con otro de los requisitos que Julio Cortázar atribuye a los grandes cuentos, a aquellos relatos verdaderamente inolvidables: “Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta”[8].



© Jorge Mario Sánchez


[1] Cortázar, Julio. Del cuento breve y sus alrededores. Tomado de Teorías del Cuento III.[2] Cortázar, Julio. Op. cit.[3] Quiroga, Horacio. A la Deriva. Tomado de Cuentos de amor, de locura y de muerte.[4] Quiroga, Horacio. Op. cit.[5] Quiroga, Horacio. Op. cit.[6] Cortázar, Julio. Op. cit.[7] Quiroga, Horacio. Op. cit.[8] Cortázar, Julio. Algunos aspectos del cuento. Tomado de Teorías del Cuento I.